Túnez: el alumno aplicado de la Primavera Árabe que un día se volvió rebelde

El 14 de enero, los tunecinos tenían en principio algo que celebrar: dos años habían pasado desde el derrocamiento y exilio del ex Presidente Ben Ali, que marcó un verdadero punto de inflexión, tanto para el lugar donde nació la “Primavera árabe” como para la región en su totalidad. Sin embargo, los habitantes del país nor-africano aún sienten que tienen poco que celebrar, ya que en realidad su situación no ha mejorado, e incluso la de algunos ha empeorado.

Hoy en día, el país está invadido por la incertidumbre y, como se ha visto en otros países de la región, quienes se unieron para derrocar al dictador están ahora divididos y enfrentados, poniendo de relieve los “dos Tunez” que según algunos siempre han existido. Algunos acusan al Gobierno de haber puesto en marcha, en este sentido, un sistema de “divide y vencerás”, tal y como ya hicieron las antiguas potencias coloniales durante el siglo XIX.
Los jóvenes, aquellos que principalmente estuvieron al origen de la revolución, se sienten frustrados ante la incapacidad del Gobierno a la hora de poner en marcha un verdadero programa político y económico (por ejemplo, el desempleo ha aumentado, especialmente entre los graduados). El partido islamista Ennhada no muestra voluntad alguna de cambiar realmente el status quo, y ello es considerado por muchos un avance de lo que los islamistas de todo el mundo árabe harán durante los próximos años. Los objetivos de la revolución siguen sin verse cumplidos y crece la insatisfacción de los ciudadanos. Al igual que ocurrió con las revoluciones de 2011, ¿representa Túnez un presagio de lo que ocurrirá en los países vecinos?

El panorama político en Túnez

El pasado 14 de octubre, la coalición que en la actualidad gobierna el país, encabezada por el movimiento islámista moderado Ennahda (dirigido a su vez por el mediático Rached Ghannouchi, aunque el jefe de gobierno es el secretario general del partido, Hamadi Jebali), y que ha venido recibiendo acusaciones en torno a una cierta inclinación por el “autoritarismo”, anunció que había acordado la celebración de elecciones presidenciales y parlamentarias el 23 de junio de este año, seguidas por una segunda vuelta presidencial programada para el 7 de julio. El Presidente será elegido directamente por los votantes y el actual Presidente nombrado en su día por la Asamblea Constituyente, Moncef Marzouki, será consecuentemente reemplazado.
Ennahda ganó con una amplia ventaja las elecciones celebradas en el año 2011, en gran parte gracias a unas destacadas dotes organizativas y una más amplia experiencia, aunque también en parte gracias a una cuantiosa financiación facilitada por países vecinos, ventajas con las que también contaban los Hermanos Musulmanes en Egipto. No obstante, decidieron formar un gobierno de coalición con dos partidos laicos, el Congreso de la República (considerado por algunos un mero “títere” de Ennahda) y el partido de izquierda Ettakatol, recibiendo el conjunto final el nombre de “troika tunecina”.
La coalición también controla, con una mayoría de 217 escaños, la Asamblea Nacional Constituyente, encargada de la aprobación de las directrices para el gobierno del país durante su transición, de la elección de un gobierno interino y, sobre todo, de la redacción de una nueva Constitución para el país, tarea al respecto de la cual regularmente reciben críticas generalizadas por parte de todos los actores del espectro político e incluso de la comunidad internacional, especialmente referidas a su lentitud y rigidez (a pesar de que un primer borrador de la constitución fue presentado ya en agosto y otro, aún más controvertido, fue publicado en diciembre).
Uno de los principales problemas a los que se enfrenta la redacción del texto es la elección del sistema político, que ha llevado a un aumento notable de las desavenencias entre los secularistas y los islamistas, entre los partidarios y los opositores al régimen. Debe indicarse que las quejas de la oposición presentan una cierta justificación, al menos en lo que respecta al hecho de que un decreto fue firmado el año pasado en virtud del cual la Asamblea Nacional Constituyente perdería su legitimidad un año después de su formación. Por tanto, el cuerpo debería haber presentado su proyecto el pasado 23 de octubre, a lo que la Asamblea retorta que ésta era una mera obligación moral.
La “troika” ha sido objeto de otras muchas acusaciones. En primer lugar, la gente suele citar una sorprendente falta de seguridad en las calles (las fuerzas de seguridad no han sido capaces de responder con eficiencia a varios ataques salafistas, tales como la toma de la Embajada de los EE.UU. el 11 de septiembre, o ataques a símbolos “liberales” como bares y exposiciones de arte). La corrupción también es señalada como principal factor de descontento, ya que los partidos en el poder procedieron a nombrar arbitrariamente a sus propios representantes en varios niveles (gobernadores, delegados, directores generales, directores de medios de comunicación públicos…). Además, la situación económica sigue siendo desesperadamente insuficiente: el costo de vida ha aumentado (a pesar de las cifras optimistas publicadas por el Gobierno), y el país no está recibiendo la inversión extranjera y los cientos de turistas que lleva meses esperando.
Por otro lado, no ha tenido lugar un verdadero proceso de reconciliación, y las familias de los mártires y heridos de la revolución siguen esperando algún tipo de compensación (económica y/o psicológica). El país también tiene que enfrentarse a acusaciones de violaciónes de derechos humanos, de acuerdo con un informe publicado por Amnistía Internacional, en el que se indicaba que el actual gobierno no está respetando varios derechos fundamentales y se cuestionaba el compromiso del último con la adopción de reformas. En un reciente informe, también Human Rights Watch señaló que las autoridades parecían incapaces o no dispuestas a proteger a las personas de los ataques de extremistas religiosos.

Inestabilidad continua en Túnez

Como resultado, el resentimiento popular contra el Gobierno ha aumentado, y las protestas ven incrementado su tamaño cada semana. Las huelgas, sentadas y manifestaciones se han convertido en acontecimientos habituales. Sin embargo, y de acuerdo con el periódico As-Safir, nadie está pidiendo la renuncia de la Asamblea Constituyente, sino la posibilidad de que el órgano consulte a otras fuerzas políticas y respete las opiniones propuestas por reconocidos expertos en gobernanza. La oposición también exige que algunos ministerios claves – esto es, el Ministerio del Interior y de Justicia – se conviertan en cuerpos neutrales, nombrando para ello a figuras no partidistas . También consideran que una Comisión Electoral Suprema debería ser creada de acuerdo con unos principios justos. Con estos propósitos en mente, varios grupos seculares llevan meses debatiendo la creación de una coalición de la oposición bajo la batuta de Beji Caid Essebsi, el ex primer ministro interino.
Varios acontecimientos han ido agravando las tensiones políticas. Un ejemplo, a finales del año 2012, fue el completo rechazo de Ennahda a entablar cualquier diálogo con su principal adversario, el Nida Túnez Party (“Llamada of Túnez), la adopción de medidas por el Congreso de la República para prohibir este último partido y, sobre todo, el asesinato del líder de Nida el 18 de octubre. El país se ha visto de nuevo sumido en la inestabilidad tras el asesinato de un conocido líder izquierdista de la oposición, un vehemente flagelo de los islamistas radicales, Chokri Belaid, el pasado 6 de febrero, en el marco de lo que muchos consideran un complot a gran escala de los extremistas para sumir el país en el terror, deteriorando aún más tanto la situación tanto social, como política y económica. Las manifestaciones y enfrentamientos volvieron a estallar en todo el país, muchos de ellos pidiendo la dimisión del Gobierno islamista, espoleados por temores de que los radicales religiosos estén tratando de descarrilar la transición del país hacia una democracia real. La primera huelga de 24 horas en 35 años fue convocado por el sindicato más fuerte del Estado. El multitudinario funeral del activista renovó las preocupaciones en torno a una profunda polarización que podría llevar al país a un estancamiento fatal, y finalmente poner fin a las esperanzas (las que todavía sobreviven) que la primavera árabe desató hace dos años.
El presidente de Túnez admitió la semana pasada ante el Parlamento Europeo que el país tiene muchos enemigos, algunos fuera y otros dentro, que están tratando de secuestrar el proceso que se inició hace dos años. La mayoría de las figuras políticas han condenado el asesinato, echando sin embargo balones fuera y no admitiendo sus propios errores. Tal y como Belaid denunció antes de su asesinato, muchos tunecinos creen que el Gobierno, y en particular el partido Ennahda, es responsable de no poder controlar a sus miembros extremistas y de amenazar a una oposición que hoy en día se siente asediada. La “Troika”, en efecto, parece estar luchando para encontrar un compromiso entre religiosos de línea dura y laicos, sin fuerzas reales para establecer su propia agenda política. Esto se suma al estancamiento constitucional que se prolonga.

¿Un preludio de lo que ocurrirá con el resto de las primaveras árabe?

En principio, se sigue previendo que las elecciones tengan lugar en junio, aunque nadie está seguro de si el evento podría poner fin al creciente malestar. Quizás uno de los peores augurios es que, tal y como se apuntaba anteriormente, casi todas las transiciones vecinas parecen estar claramente influidas por lo que ocurrirá en el lugar de nacimiento de la primavera árabe, lo que deja al país y a sus líderes en una situación increíblemente difícil. Tal y como ha ocurrido con los restos del propio Belaid, las últimas esperanzas que una transición pacífica podía albergar podría haber sido también sepultadas.
A pesar de que Túnez fue ampliamente predicado como modelo para sus hermanos, como el buen alumno de la “primavera árabe”, parece que muchos obstaculos se han ido posando en su camino hacia una democracia consensual en un país estable y próspero. ¿Será el país capaz de superar estas trabas y erigirse de nuevo como cuna del renacimiento árabe?

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