A vueltas con una futura “Primavera Argelina”

El efecto dominó que despertó la “Primavera Árabe”, en virtud del cual una inmolación de un desesperado vendedor ambulante de frutas en Túnez llevó al derrocamiento de vilipendiados autócratas en este país, Egipto, Libia y Yemen, así como incitó a otros lideres árabes a poner en marcha programas de reformas, también ha llevado a muchos periodistas a hablar de una eventual “Primavera argelina“. ¿Qué hay de cierto en todo ello? En este sentido, algunos precipitadamente replican que Argelia ya tuvo su propia primavera más de veinte años atrás. Otros esperan su llegada. El resto cree que las cosas nunca cambiarán realmente en el país nor-africano, o al menos no en el corto plazo. Argelia ha recibido el apodo de “mal alumno” del despertar árabe, la excepción a este emocionante fenómeno, un país en el que el status quo no parece haber cambiado significativamente, a pesar de las reformas emprendidas por el régimen a lo largo del último año.

Estabilidad garantizada hasta el momento
Una de las razones por las cuales una insurrección no parece tan probable en Argelia, a menos que haga su aparición un “cisne negro”, es que el país no es realmente una dictadura, tal y como Egipto, Libia y Túnez podían ser consideradas dos años atrás. Argelia es una oligarquía que presenta una mayor flexibilidad que sus vecinos, dentro siempre de los límites determinados por las autoridades. En realidad, el régimen argelino podría ser definido como una “autocracia liberalizada” (algunos lo comparan con Rusia, otros piensan que tal vez representa el modelo al que Marruecos se encamina), un régimen no tan represivo que, sobre todo, permite la libertad de expresión, gracias a un pluralismo que se introdujo ya en 1989 y a que el estado de emergencia declarado en 1992 fue levantado en 2011.
Los signos de malestar, simbolizados en particular por varios casos de inmolación que tuvieron lugar en 2010 (por lo tanto antes que en Túnez), han ido brotando a lo largo de todo el país durante años, y no han cesado aún. El régimen, al contrario que los regímenes árabes ya citados, adoptó sin embargo y desde el principio una actitud extremadamente sabia, gracias sobre todo al manejo de numerosos medios de comunicación, recurriendo a lo que podría llamarse un método de la “zanahoria y el garrote”. El Gobierno, en la mayoría de las ocasiones, consiguió comprar el silencio de numerosos ciudadanos insatisfechos, por medio de subidas salariales generalizadas (que beneficiaron principalmente a las clases medias altas, a funcionarios y a las fuerzas de seguridad) y de inversiones cuantiosas en planes de acción contra el desempleo juvenil, por ejemplo. Esto, que ha sido posible gracias a la extraordinaria riqueza que enormes reservas de hidrocarburos proporcionan a Argelia, no ha dado lugar a ningún tipo de cambio económico significativo en su política económica, y en ese sentido las cifras siguen siendo preocupantes a largo plazo. Las autoridades argelinas han recurrido a su vez a la cooptación, una habilidad que han venido desarrollando durante años. Así, y después de los levantamientos de 2011, se autorizó la fundación de nuevos partidos políticos, lo que permitió a éstos participar en las elecciones de verano de 2012, pero no jugar empero ningún tipo de papel significativo. Las autoridades han recurrido incluso a la posibilidad de abrir negociaciones aderezadas con ciertas concesiones, ello incluso con líderes de la oposición, ante ciertas amenazas de perder las riendas del régimen.
Por otra parte, el régimen argelino se ha sentido impelido a adoptar una postura estricta frente a ciertas fuentes de malestar, particularmente frente a manifestaciones de jóvenes o desempleados que en el pasado se han tornado violentas. También ha puesto en marcha una cierta “persecución” de organizaciones de la sociedad civil(sindicatos, defensa de los derechos humanos…). Estas y otras asociaciones han encontrado dificultades en los últimos tiempos a la hora de cumplir las estrictas nuevas regulaciones que imponen requisitos particularmente difíciles con relación a la financiación o al establecimiento de vínculos con partidos políticos. De hecho, tanto la policía como la gendarmería han sido considerablemente fortificadas, en cantidad y en calidad, durante las últimas décadas. Casi todas las erupciones de violencia son de tamaño reducido y a escala local, y por lo tanto de fácil manejo por las fuerzas de seguridad, que han sido lo suficientemente eficiente como para no disparar contra ellos en la mayoría de las ocasiones. La tendencia del Estado a recurrir a la violencia para resolver la mayoría de problemas de gran calibre está comenzando a suscitar demasiados frunces de ceño, sin embargo, tal y como evidenció la reciente crisis de los rehenes. Las autoridades argelinas han decidido también, por otra parte, desestabilizar en numerosas ocasiones a la oposición, cuando éstos se han convertido en elementos “demasiado peligrosos”, sobre todo marginando al jeque Abdallah Djaballah sembrando inestabilidad en el seno de su y de otros partidos islamistas. Y por último, pero no menos importante, la nueva ley electoral (sancionada, de hecho, por autoridades occidentales y expertos) permite al régimen manipular “legalmente” las elecciones, produciendo así un “resultado satisfactorio” para el Gobierno.
Un futuro inexcrutable
Argelia tendrá no obstante que enfrentarse pronto a nuevas dificultades. Una cuestión que preocupa por igual a políticos y ciudadanos gira en torno a la incierta sucesión que tendrá lugar en 2014 (si Bouteflika mantiene su palabra, claro está). No es sólo el Presidente quien tendrá que ser sustituido, sino también otras autoridades clave de alto perfil: el Jefe de Estado Mayor y el Jefe de la Mukhabarat . ¿Y quién arbitrará este proceso? El mismo dilema surgió hace veinte años y, en vez de llegar a un acuerdo, las élites se enzarzaron en una alarmante reyerta interna que llevó al país a caer en la violencia. Y según algunas versiones, el régimen está hoy en día tomando medidas similares a las de 1988 …
La importancia del tema de la sucesión debe ser destacada enfáticamente, precisamente porque los militares han jugado siempre un papel muy importante en Argelia. Esta función ha sido minorada en los últimos años, ya que el cuerpo ha sido poco a poco dado de lado por Bouteflika. Su autoridad se ha visto también erosionada por el hecho de que la cúpula actual no tomó parte en la Guerra de Liberación y no posee lo que podría llamarse “legitimidad revolucionaria”. Esto ha supuesto un aumento en fuerza y en tamaño del oscuro DRS , el Servicio de Inteligencia, que al parecer no se lleva tan bien con el Presidente y hasta impuso el nombramiento del Primer Ministro actual, tal como lo hicieron con el propio Buteflika en 1999. Este cambio deja sin embargo una pregunta sin respuesta en el aire: aunque hoy en día es un escenario de seguridad máxima lo que garantiza la estabilidad, qué actor podría tener una legitimidad y una voluntad política suficientes para intervenir si la situación se deteriora?
¿Qué papel juega en todo esto la oposición argelina? Al contrario de lo que ocurrió en otros países y por lo tanto en contra de la tendencia, por así decirlo, general, los islamistas no se han convertido en los principales protagonistas. Y es que su momento llegó hace años. Pero su momento también se fue hace años. Será muy difícil recuperar el impulso que el Frente Islámico de Salvación (FIS) tuvo, sobre todo teniendo en cuenta que tanto sus representantes como el pueblo argelino en general han ido dejando atrás ese proyecto utópico que les movilizó antes de la impúdica Guerra Civil que devastó física y emocionalmente a gran parte del país . Al igual que con el Líbano, un derramamiento de sangre demasiado reciente impide una mayor polarización en el seno de la sociedad, la gente tiene demasiado miedo a encender la chispa que podría conducir de nuevo a reyertas internas dolorosas e inútiles. A los sucesores del FIS – los islamistas armados, por su parte, permanecen escondidos en el Sáhara -, aunque se han visto desacreditados por el régimen, se les permite hoy en día jugar de acuerdo con las reglas del país, y la Alianza Verde ganó de hecho el 10,5 % de los votos en los últimos sufragios. Los islamistas argelinos son no obstante conscientes de que no disponen de ese apoyo profundo e incondicional del que gozan sus, nunca mejor dicho, “hermanos” en Egipto y Túnez. La principal razón de esta divergencia es que los islamistas no han sido capaces de proponer una agenda reformista suficientemente sensata capaz de convocar un mensaje convincente y apasionante al mismo tiempo, ni tampoco han sido capaces de aupar al poder a líderes carismáticos y suficientemente fuertes. Además, y en lugar de luchar contra el Gobierno, los disidentes se neutralizan entre sí y luchan por el poder dentro de la misma oposición, poniendo por lo tanto en bandeja un cada vez mayor margen de acción al régimen. No existe en realidad una oposición capaz de convocar el disenso de la gente. Lo que podríamos llamar una “pseudo-oposición” se ha convertido, por tanto, en parte del problema en Argelia.
Argelia es una nación que nunca ha dejado de oscilar entre el optimismo y la amargura, la esperanza y la resignación. Argelia es un gigante dormido con un potencial fabuloso (desde el punto de vista humano, agrícola, energético, cultural o turístico). Argelia es un país con una población cada vez más preparada (donde la clase media es cada vez más fuerte y las mujeres son cada vez más poderosas), comprometida con un futuro brillante y al mismo tiempo con miedo de dejar que su país brille. Un pueblo inmensamente nacionalista que continuamente sospecha de sus enemigos (siempre se opuso a la intervención francesa en Malí), pero también de sus amigos y vecinos (los argelinos estaban entusiasmados con lo que ocurrió en Túnez y Libia, pero sólo antes de que aviones de la OTAN empezaran a sobrevolar sus ciudades) . Son precisamente las desgracias que atraviesan sus vecinos lo que mantiene a los argelinos alejados de la revolución de la que todo el mundo habla y que los impulsa a apoyar la Carta por la Paz y la Reconciliación Nacional que aprobaron hace ocho años, priorizando en todo momento el orden sobre la satisfacción. Argelia es un país donde la gente que no se atreve a protestar decide huir – las cifras de la inmigración ilegal (harragas) son aterradoras. Argelia es un país esperando que el precio del barril de petróleo caiga drásticamente para despertar drásticamente.

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