El pueblo, la fuerza durmiente de Egipto

DiscoveringMENA is sometimes honnoured with articles by the brilliant Maria Sanchez (you can read more following this link).

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El Pueblo, la fuerza durmiente de Egipto.

Ha pasado menos de un mes desde que el gobierno  interino de Egipto, perfectamente fusionado con los militares, decidiese arrasar con los campamentos en las plazas de Rabaa el Adaweya y el Nahda. Allí, partidarios de Morsi e islamistas llevaban asentados varias semanas en señal de protesta contra la deposición del que fue el primer presidente democráticamente electo de la historia del país, Mohamed Morsi.
A pesar de la violencia extrema con la que se desarrolló este episodio (al menos 380 personas murieron ese día únicamente en Rabaa según Human Rights Watch) el apoyo popular al gobierno militar con fachada civil no ha hecho sino crecer a pasos agigantados. La impunidad con la que el ejército y la policía actúan es una prueba más de que la esencia del aparato de seguridad de Egipto, profundamente arraigado desde la época del ex presidente Hosni Mubarak, no se ha renovado. Irónicamente, al inicio de la revolución en 2011 los que los egipcios pedían a gritos era el final de la corrupción en el Ministerio del Interior, el mismo que dirige el sector de la seguridad. Entonces, ¿por qué este apoyo incondicional a aquellos que su día demostraron no estar del lado de la revolución?
Los Hermanos Musulmanes, que podían haber aprovechado el apoyo popular por primera vez en la historia de la cofradía, no hicieron más que jugar a varios bandos, teniendo como objetivo el monopolio del poder, decepcionando a todos aquellos que les votaron, y a los que no.  Morsi y su gobierno se apoderaron del discurso religioso, manipulando el Islam con fines políticos. Impusieron una constitución que era todo menos representativa y que daba al las Fuerzas Armadas privilegios ilimitados (sí, ambos bandos eran aliados hasta hace muy poco).  Además de esto, Morsi ratificó un decreto que le otorgaba el poder de gobernar sin la supervisión del Poder Judicial del país. Y¿ qué decir del deterioro de la economía (la deuda pública roza el 85%, y el 25% de la población vive con menos de un dólar al día), la tasa de desempleo, la escasez de petróleo,  los cortes de agua y electricidad…?
Fue solo cuando los Hermanos Musulmanes no podían contener más el descontento de las masas, cuando los militares abandonaron su papel de aliados y espectadores para pasar a la acción. Al igual que en 2011, las Fuerzas Armadas muy inteligentemente se posicionaban como “salvadores” de un pueblo azotado por las injusticias. El 26 de Julio, el general El-Sisi instó a los egipcios a salir a las calles para “demostrar su voluntad y darle al ejército y a la policía un mandato para hacer frente a una posible violencia y terrorismo.” Y así sucedió. Liderados por el movimiento “Tamarod” (Rebelde), más de 17 millones de personas tomaron las calles de Egipto el 30 deJunio, dejando claro el total rechazo hacia el gobierno de los Hermanos Musulmanes, que en tan solo un año había llevado al país casi al límite de sus fuerzas.
Lo que pasó no fue un golpe de Estado a la usanza, pues el pueblo fue sin duda la fuerza motriz de las protestas; pero la reacción del ejército no fue espontanea sino calculada y deliberada. No hay duda de que el ejército quiera frenar el caos económico y sociopolítico que reina en Egipto, pero hablar de democracia y dialogo consensuado es un tema muy diferente. Desde el 3 de Julio, más de mil miembros de los Hermanos Musulmanes han sido ya arrestados, incluyendo la mayoría de los líderes de la Hermandad. Muchos de ellos han sido torturados y maltratados; esto ha dado lugar al enfado de los Hermanos, y como consecuencia a un aumento de los atentados con firma islamista. No era difícil de prever.
En este momento hay muchas fuerzas vivas, algunas de ellas extremadamente opuestas; un débil gobierno interino, unos debilitados Hermanos, y el aparato de las fuerzas de seguridad del estado, financiadas por Estados Unidos y los países del Golfo, que vuelve a engranar su temida maquinaria con más fuerza aún.
Los egipcios que apoyaron la revolución en 2011 saben lo que no quieren hoy y lo que esperan de mañana. Sería de ingenuos suponer que el camino desde continuas dictaduras hacia un país donde la igualdad y la soberanía del pueblo reinen, iba a ser un camino llano y recto. Sin embargo, la falta de dirección y unificación bajo una misma fuerza, hace casi imposible que los revolucionarios puedan fijar metas claras para los días que siguen al día de mañana. Los jóvenes y los trabajadores (hombres y mujeres) deben hacer un esfuerzo mayor para intentar tomar las riendas de la situación, siendo capaces de comprometer y sacrificar. Mientras el liderazgo se deje en manos de grupos cuyos intereses no son los de la mayoría del pueblo, las demandas de la revolución no se verán cumplidas. El pueblo egipcio sigue sin ser consciente de su poder.

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