El claro ganador de las presidenciales en Siria – y que no debería sorprendernos en exceso

Lo que al principio parecía una broma pesada se ha convertido en una realidad ineludible: Siria celebrará elecciones presidenciales el próximo 3 de junio, y todo apunta a que Bashar Al Assad está en posición de declararse vencedor de las mismas. La única pregunta es ahora con qué margen. Independientemente de la utilidad de debates bizantinos sobre si estos comicios deberían tener lugar o no, lo cierto es que no resulta tan descabellado a día de hoy comparar, aunque salvando las distancias, los escenarios electorales en Siria y Egipto. A pesar de que ambos régimenes son perfectamente capaces de manipular los resultados, esto no será necesario, ya que una mayoría considerable de la población se muestra favorable a que un hombre fuerte siga dominando un país que aún se enfrenta a numerosas amenazas.
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Cartel electoral en Latakia / Foto: Flickr

La razón principal de esta paradójica mentalidad está íntimamente relacionada con las ansias de estabilidad de estos ciudadanos, una estabilidad que estos últimos años se ha convertido en el bien más preciado y  escaso de la región. Del mismo modo que Abdel Fatah Al-Sisi ha prometido al pueblo egipcio que conseguirá acabar con el terrorismo (y, de paso, con todos los Hermanos Musulmanes a los que se acusa de ello), a la par que volver a la senda del crecimiento económico, Assad también es perfectamente consciente de que tiene el viento a su favor. Los últimos acontecimientos sobre el terreno no hacen sino confirmar este punto, y Assad bien puede convencer a su electorado explicándoles cómo la tregua alcanzada en Homs, una de las ciudades más grandes de Siria, puede representar el primer paso de su gobierno para recuperar el control sobre la totalidad del país. El próximo objetivo en este sentido es claramente Aleppo, todavía hoy el mayor bastión de los rebeldes.

Los electores de Assad son muy conscientes de que su país está sumido desde hace meses – e incluso años – en una guerra sin cuartel. Este es precisamente el aspecto más desolador de este conflicto: ninguna facción podrá declarar la victoria hasta que sus rivales sean derrotados por completo. Y no éste caso únicamente el de los miembros de la secta alauita de Assad, sino también de los miembros de otras comunidades y grupos – cristianos, drusos, otros chiítas, representantes de la élite que decidieron no escoger bando, ricos comerciantes, empleados públicos… – que contemplan con terror la perspectiva de que Assad pierda la guerra, ya que ello les convertiría en objetivos de todo tipo de actos de retorsión y venganza. El fin compartido y último es, pues, la destrucción de todo y de todos al otro lado del campo de batalla. O, como rezan los propagandistas de Assad, “Assad o quemamos el país“.

Assad, un candidato creíble y bien relacionado

Assad también cuenta a su favor con el haber logrado mantener intactas, o incluso ver mejoradas, sus relaciones con los aliados clave de su régimen: Irán, Hezbolá y Rusia. Casualmente, los tres parecen hoy más fuertes que nunca, y son considerados por muchos los verdaderos “hacedores de reyes”, tanto con respecto a este conflicto como desde una perspectiva regional. Assad también ha conseguido convencer no sólo a un gran número de sirios, sino también a la comunidad internacional de que es (tal y como incesantemente prometía al inicio de la rebelión) el mejor garante en la lucha contra el terrorismo. A pesar de los numerosos esfuerzos puestos en marcha desde dentro y fuera del país, el bando rebelde se ha visto secuestrado por un número creciente de grupos yihadistas – muchos de sus miembros proceden de países vecinos, e incluso de Europa. Es hoy en día una incógnita si estos grupúsculos están en realidad librando una guerra contra Assad o si se empeñan en enfrentarse los unos contra los otros, algo que ha llevado a que se acreciente la desconfianza por parte de Occidente, ya que lo último que quieren países como Estados Unidos y Francia es financiar futuros ataques terroristas contra sus ciudadanos y/o intereses. Hasta cierto punto podría aplicarse aquí la máxima “mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer”, ya que nadie puede negar hoy que existen individuos dentro del bando de los “rebeldes” que no tiene reparos en matar a civiles desarmados (por ejemplo, el pasado 23 de mayo, un ataque de mortero alcanzó un acto de campaña pro-Assad en el sur de Siria, dejando tras de si al menos 39 muertos).
La amarga verdad es que Assad se presenta hoy en día como un candidato creíble, y todo el mundo, tanto dentro como fuera de Siria, es consciente de que no son pocos los que votarán por él. No serán aquellos que han muerto, ni aquellos que aún permanecen en prisión, ni tampoco aquellos que se han visto obligados a huir del país a lo largo de estos tres últimos años. Serán aquellos a los que les es posible acudir a las urnas, es decir, los ciudadanos sirios que residen en zonas bajo el control del régimen. Estos son sobre todo individuos que, como se ha señalado con anterioridad, pertenecen a comunidades aterrorizadas por los efectos colaterales del derrocamiento de Assad. Pero estos son también personas de la clase media urbana de Damasco y Alepo, que prosperaron bajo el régimen de Assad. Y es que el país disfrutaba de un crecimiento económico relativamente cómodo antes del levantamiento. Se trababa, sin embargo, de un crecimiento desigual, que benefició sólo a algunos en un país plagado de corrupción y clientelismo.

Condicionantes internos que harán ganador a Assad

Bashar Al-Assad se proclamará vencedor en las elecciones presidenciales no sólo por las razones citadas anteriormente, sino también porque estaría en posición de ganar, incluso si el país celebrara elecciones libres y justas. Y esta no será la primera vez. Fue elegido por primera vez en el año 2000, tras la muerte de su padre, con una mayoría del 99,7%. Fue reelegido en 2007 con el 97,6 % de los votos a su favor. En 2014 su mandato de siete años llegará a su fin. Estas elecciones han sido convocadas no porque Assad quiera reafirmar su poder, ni tampoco porque éste crea que los comicios pueden erigirse en medio para poner fin a la guerra, sino porque el sistema que él y su estado profundo han estado construyendo durante décadas lo exige. Por otra parte, en 2012, y como respuesta temprana a las revueltas, el régimen aprobó una reforma parcial de la Constitución que hacía referencia al “pluralismo político”. ¿Qué mejor manera de demostrar este aspecto que unas elecciones?
Por último, pero no menos importante, Assad será el vencedor porque no existe una alternativa real. ¿O si? No es el caso de una oposición fragmentada, desgarrada por luchas de poder internas e incapaz siquiera de mostrarse ante los medios y expresar una posición común. No es este el caso del Ejército Libre Sirio, cuyo único objetivo parece ser hoy día luchar contra los islamistas y aferrarse a los pocos territorios que controlan. Tampoco es este el caso de los propios islamistas, financiados por países que no pueden ser realmente definidos como democracias (es el caso en particular de Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Árabes Unidos), que han amenazado con hacer desaparecer Siria – y especialmente la diversidad de su tejido social multi-étnica y multi-sectario que ha caracterizado al país por décadas – y convertirla en un nuevo estado islámico sunita en el corazón del mundo árabe. Y no este en especial el caso de los contendientes de Assad en las urnas: Maher Hajjar y Hassan Nouri, conocidos por haber pertenecido al régimen y por predicar exactamente el mismo mensaje que Assad, uno que gira en torno a la lucha contra el terrorismo interno y externo, hace uso del término “guerra global contra Siria” a menudo utilizado por los medios estatales y constantemente reconoce que no son más que meros candidatos presidenciales, no la competencia directa de Assad.
De fondo, una sangrienta guerra civil en la que la cifra de muertos supera ya los 150.000 y se estima que nueve millones de personas ya han abandonado su hogar. Mientras que varias zonas del país están aún en poder de los rebeldes y los kurdos sirios han declarado unilateralmente una autonomía que el resto de sus compatriotas ansía, muchos temen que estas elecciones puedan otorgar mayor legitimidad al régimen de Assad, que desde el principio se refiere a la rebelión como una mera cuestión de seguridad, antes que un problema social de raíz. La mala noticia es que la mayor parte de las potencias extranjeras involucradas en el conflicto – tanto desde una perspectiva regional como internacional – consideran ya que Siria representa una amenaza a su seguridad y a la estabilidad de la región, haciendo caso omiso de las razones que llevaron al levantamiento de 2011.
La realidad sin embargo es otra, y conviene no perderla nunca de vista: Siria pasó de ser una revolución pacífica a una encarnizada guerra civil. Y es por ello que quizás haya llegado la hora de que se tomen en cuenta los intereses del pueblo sirio, no los del régimen ni los de la oposición. Tal vez el camino a seguir en Siria no dependa de grandilocuentes conferencias internacionales al estilo de Ginebra I y II, sino de acuerdos locales siguiendo el ejemplo del de Homs negociados (aunque sea tras dos años de asedio y penurias) y alcanzados – aunque con inestimable presión iraní – por los propios sirios.
Este artículo fue publicado en Miradas de Internacional el 29 de mayo de 2014.

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