Apuntes sobre la presencia rusa en Siria

No me considero una experta en Rusia y/o Ucrania, como Nicolás de Pedro o Marta Ter. Ni mucho menos en armamento y avances militares, como Jesús Manuel Pérez Triana. De hecho no me considero una experta en mucho, pero no creo que sea éste el foro para desvelarlo. Así, mientras que estas últimas semanas me he topado con docenas de artículos y análisis sobre la última demostración de fuerza de Vladimir Putin, que he leído con atención, me he visto obligada a ir tomando apuntes y simplificando los principales trazos y posibles efectos de la misma. Los cruces de declaraciones entre Barak Obama y Vladimir Putin, asimilables a una intensa partida de mús, ayer en Nueva York, poco cambiaron mis percepciones. Estoy segura de que muchos estáis en la misma situación que yo. Más aún si tenemos en cuenta las semanas y meses de dispersión electoral en las que se encuentra inmerso nuestro país. Espero que esta guía os sirva para ahorrar tiempo y tener las cosas algo más claras a la hora de enfrentarnos a un dilema mucho más difícil de esquematizar: ¿cómo salvar a los sirios de todos los males que les acechan y que llevamos años ninguneando?

Los motivos (alegados o en el aire)

  • Acudir en ayuda de un régimen sirio que se desangra en términos de recursos, territorio y soldados fieles a la causa.
  • Redefinirse como potencia de primer nivel en un mundo multipolar del que ya habló ayer Vladimir Putin en su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas. Una potencia tanto en el ámbito diplomático como militar. En este caso en un conflicto en el que muchos Estados, de una forma u otra, ya han osado intervenir o posicionarse. Ayuda en este sentido la debilidad de la Unión Europea y la dispersión de Estados Unidos. Tal y como ocurriera con Crimea y el Este de Ucrania, Rusia demuestra al resto del mundo que puede redefinir el orden internacional, o que tiene al menos las agallas para intentarlo.
  • Ser el pretendiente más aventajado en el ritual de apareamiento que hoy gira en torno a Irán, sin lugar a dudas el socio que todo Estado ansía ganarse en este nuevo contexto. Las relaciones entre Rusia e Irán nunca han sido sencillas, todo hay que decirlo. El Presidente iraní Hassan Rouhani también habló ayer en Nueva York y dejó claro que su país apostaba por la paz, sin siquiera mencionar ni a Assad ni a Rusia. Señal para algunos de que Teherán no considera imprescindible (casi) ningún aliado.
  • Conservar una valiosa relación diplomática y militar que ha durado más de 5 décadas. En lo que a esta relación respecta los rusos no se cansan de citar antecedentes de éxito como la crisis ante el uso de armas químicas por parte del régimen sirio o el acuerdo nuclear con Irán.
  • No erosionar la implicación de Moscú en la región, una historia de amor y odio que encuentra un punto de inflexión en la Operación Kavkaz contra Israel en 1970. La Primavera Árabe pilló por sorpresa a los rusos, algo que muchos en el país todavía siguen viendo como una ofensa. Ha pasado desapercibido el acercamiento de Moscú durante estos últimos meses a actores claves del vecindario como Emiratos, Egipto o Jordania. Los vinculos de todo tipo con Arabia Saudí son cada vez más estrechos.
  • Garantizar la inviolabilidad de la base naval de Tartus en el Mediterráneo Oriental. El Mediterráneo sigue siendo un pilar de la estrategia naval del Kremlin.
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  • Garantizar la entrada de fondos gracias a la venta de cereales, armas y tecnología nuclear y militar, en un contexto de creciente presión financiera ante sanciones y bajo precio de hidrocarburos.
  • Desviar la atención de Ucrania y conseguir llegar a un acuerdo para poner fin a un conflicto que drena recursos y esfuerzos y que nadie quiere ver enquistado durante mucho más tiempo.
  • Erigirse en protector de las minorías cristianas de Oriente. Y en este caso de otras minorías como la alauita.
  • Reforzar su rol de campeón en la lucha contra el terrorismo. Al igual que Assad, los rusos defienden una definición amplia de grupo terrorista, que incluye en este caso a todos los actores no estatales sobre el terreno, pero no al Gobierno de un Estado. Los denominados rebeldes (los pocos que han sido entrenados por Estados Unidos y todos los demás) han sido de hecho – y no Daesh – uno de los primeros objetivos de ataques rusos en el este de la región de Latakia. El jihadismo se perfila como amenaza no desdeñable a su seguridad interior, y se calcula que más de 2.400 combatientes de Daesh provienen del Cáucaso y alrededores. Los rusos no son inmunes a la velocidad e intensidad con que se ha expandido Daesh en Asia Central.
  • Preservar la soberanía y, si es posible, la integridad territorial de Siria. Lo que equivale a evitar derrocamientos por injerencia exterior, premisa fundamental de Rusia y China en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y en lo que a todos sus planteamientos geoestratégicos se refiere.
  • Evitar otra Libia. Putin ha citado expresamente ese ejemplo (no podemos olvidar que Gaddhafi era uno de sus pocos aliados incondicionales) al referirse a la responsabilidad occidental frente a la crisis de refugiados. Poniendo botas y fuerzas sobre el terreno, el Presidente ruso puede ya descartar por completo la presencia de soldados europeos o americanos en el país.
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La estrategia
  • Lo más reseñable en mi opinión es que la estrategia del Kremlin no ha cambiado. En cierto modo la reacción de una parte considerable de la prensa y ciertos analistas podría parecer exagerada. Se trata de una escalada a tener en cuenta, pero seguramente no un punto de inflexión definitivo. Salvo si los rusos se dedican a atacar a los rebeldes. Como siempre ocurre en Siria y el vecindario, será el tiempo el único que puede pronunciarse a este respecto.
  • Cincelar poco a poco la situación sobre el terreno y no en el papel. Poner en obra una política de hechos consumados.
  • Dar forma a una coalición alternativa contra Daesh (que Putin ha llegado a comparar con la coalición anti-Hitler), que incluya a Irán, al régimen sirio y a elementos chiítas provenientes de Iraq. Se habla de hecho de presencia rusa también en territorio iraquí. Rusos, sirios e iraníes se organizan ya en Baghdad. Se baraja incluso una eventual coordinación con EEUU y sus aliados, que de momento sólo será militar para evitar escaladas indeseadas. Rusia tiene de su lado, por así decirlo, a Israel y Turquía. Paradójico que por primera vez Hezbollah e Israel coincidan en el mismo bando.
  • Aliviar la presión sobre algunos frentes, garantizar el suministro de gas, alimentos y armamento. Tres son las alternativas en este sentido: Aleppo, Homs y Noroeste. Resulta revelador que Rusia haya desplegado sus fuerzas primero en Latakia, allí donde el régimen se siente más débil tras la batalla de Idlib, y no en Tartus.
  • Avanzar hacia el objetivo primordial: el fin de la guerra y garantizar así el control del régimen sobre su bastión – la franja de Damasco a Latakia -. Lleva meses hablándose de partición del país, a lo que contribuye que tanto Irán como Hezbollah hayan retirado sus tropas de áreas en el Norte y el Sur del país. Hezbollah ha capturado territorios en la frontera con Líbano. Esto significaría abandonar el resto del país a manos de Daesh, que seguramente aplastaría a los rebeldes en los pocos territorios todavía bajo su control, principalmente en los alrededores de Daraa. Los kurdos tendrían que enfrentarse junto a sus conciudadanos a la furia de Erdogan.
  • ¿Assad o no Assad? Esa es la cuestión en la que todo análisis encuentra su impasse. Y parece que poco a poco va encontrando respuesta: Assad si (qué remedio), al menos durante un rato.
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Las (más que probables) consecuencias
  • Servir en bandeja de plata una excusa para que muchos países acepten la permanencia – algunos dicen que transitoria – de Assad como un mal menor. Incluso dentro de la oposición siria tantean la idea. Poco a poco, los líderes mundiales se han ido rindiendo a la evidencia: Cameron, Obama (que por lo menos lo llama ‘tirano’), Margallo… No así François Hollande, que a pesar de haber empezado a bombardear sobre territorio jihadista, se mantiene firme en su postura anti-Assad. NI tampoco Turquía, empeñada en mantener una guerra diplomática y a ratos militar en tres frentes: los kurdos, Daesh y Assad (sobre todo con los primeros).
  • Prevenir – o retrasar – el colapso inmediato del régimen de Damasco. Y con ello la salida de Assad.
  • Algunos ya denominan al paso el ‘Afganistán de Putin, una escalada que tendrá como principal consecuencia un aumento considerable del número de jihadistas dispuestos a luchar contra infieles. ¿Acaso cae Putin en los mismos errores en los que incurrió la Guardia Revolucionaria de Irán en 2012? A bote pronto, tanto Daesh como el Ejército del Islam ya han declarado la guerra a Rusia y amenzado con ‘cortar las cabezas’ de los rusos.
  • Otros denominan a esta zancada un movimiento maestro, gracias al cual Rusia se asegura un aliado en caso de que caiga el régimen alauita.
  • Rusia también acaricia la posibilidad de erigirse como el único mediador viable en la región. Habla con régimen y oposición en Siria. Habla con palestinos e israelíes. Habla con Turquía, Irán y Arabia Saudí. Organiza conferencias de paz a diestro y siniestro. Con sus soldados y tanques sobre el terreno, difícil será ya impedir que tenga voz y voto en el proceso que ponga fin al conflicto. Puntos de más si tenemos en cuenta que es un mediador no contaminado por el sectarismo que atraviesa la región.
  • Mientras tanto, lo que muchos parecen(mos) olvidar es que más de 100.000 sirios que hoy luchan contra el régimen de Assad han jurado hacerlo hasta que éste acepte dimitir. Quizás llegue un momento en el que estén dispuestos a hacerlo del lado de Daesh. O contra los aliados del dictador.
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