Libia: buscando la estabilidad desesperadamente

Hoy 13 de diciembre Libia vuelve a estar en boca de todos. Roma alberga una Conferencia Internacional sobre Libia. Bajo la co-presidencia del Ministro de Asuntos Exteriores italiano Paolo Gentiloni y el Secretario de Estado estadounidense John Kerry, se congrega el P5 + 5 – los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad y Alemania, Italia, España, la Unión Europea y Naciones Unidas. También estarán presentes otros países de la región. Muchos de los Estados que se reúnen en Roma intervinieron militarmente en Libia en 2011 sin una clara hoja de ruta a largo plazo que canalizara las secuelas del derrocamiento del régimen de Qaddhafi. No queda claro si algún libio estará presente en la conferencia.

 

Lo cierto es que Libia no ha abandonado en ningún momento la agenda pública, aunque sólo sea porque una parte no desdeñable de los refugiados que desembarcan en las costas europeas parten de algún punto de su extensa costa. Libia representa al mismo tiempo un remordimiento y una amenaza para los líderes occidentales que en un momento creyeron salvar al país de la tiranía y la injusticia. Llevamos ya años hablando de ‘Estado fallido’, y no son pocas las cenas de expertos en seguridad y defensa en las que se confiesa echar de menos a Qaddhafi. Hace casi un año, desde Passim intentamos plasmar en unas pinceladas las principales aristas de la situación.
La comunidad internacional ha reaccionado rauda y veloz a un movimiento exclusivamente libio que osa poner en duda su legitimidad. El pasado 5 de diciembre, los dos gobiernos de Libia – conocidos en inglés como HoR (Beida/Tobruk) y GNC (Trípoli) – rechazaron un plan para la reconciliación auspiciado por Naciones Unidas e hicieron pública la adopción de una Declaración de Principios en virtud de la cual se formarán dos comités: uno para seleccionar a un nuevo Primer Ministro y sus dos viceprimeros ministros -uno por cada autoridad-, y otro para revisar la Constitución de 1963. ¿El plazo para nombrar a un Jefe de Gobierno? Únicamente 20 días. A este plazo se añade el de dos años para celebrar las primeras elecciones.
El acuerdo se enfrentará todavía a innumerables obstáculos, pero algunos consideran que se trata de un muy necesario paso adelante – ¿otro más? – en el camino hacia una cierta estabilización del país norafricano. Para que el acuerdo tenga éxito, los firmantes tendrán que convencer a los múltiples escépticos en sus respectivos bandos. El acuerdo deberá ser aprobado por ambos Parlamentos, controlados por diputados del ala más dura – varios de sus miembros ya han hecho pública su desconfianza y desacuerdo – y, sobre todo, por una gran mayoría de ciudadanos libios y de aquellas decenas de milicias/bandos en la que por voluntad u obligación se ven inscritos. Lo primero que hay que recordar al hablar del país es que ni HoR ni GNC representan al conjunto de la población libia. Ni mucho menos. De lo que nadie duda ya es de que cualquier autoridad que tome las riendas tiene que tener suficiente legitimidad y respetar la voluntad de la ciudadania libia.
Otra insuficiencia, quizás no coincidental, de la que adolece la Declaración es que omite referencias a asuntos de trascendencia como el futuro de uno de los hombres clave en el pasado y futuro de Libia. Este es en particular el caso del General Khalifa al-Haftar, nombrado Jefe del Ejército Libio por el Gobierno de Tobruk, figura controvertida por haber pertenecido al regimen de Qaddhafi que sin embargo se erige para muchos libios como único garante de su seguridad frente al caos que representan los islamistas y otros grupos díscolos.

  Contra la injerencia

El acuerdo alcanzado en la localidad marroquí de Skhirat el 9 de octubre bajo los auspicios de Naciones Unidas, cacareado por líderes y profusamente elogiado en las redes sociales, vio la luz herido de muerte. Poco importaba que las bases que sentaba fueran positivas, entre las que destaca la creación de un Gobierno de Unidad Nacional, un Consejo Presidencial provisional compuesto por nueve miembros. Los nombres propuestos no parecían satisfacer a casi nadie en Tripoli y más allá. Lo mismo ocurría con la delicada situación en la que ponía a militares del antiguo régimen o la incierta aplicación de la sharia. Tampoco daban muestra de ser buenos augurios la ausencia total de inclusividad del proceso o la forma en la que parecía imponerse el acuerdo a la población libia, como única e imperiosa solución.
El ‘Leongate, escándalo del antiguo enviado especial Bernardino León, no hizo sino ahondar en la desconfianza de los libios, y representó el último empujón para que líderes de ambos gobiernos se decidieran a reunirse en la capital de Túnez para mantener conversaciones secretas. ¿El objetivo fundamental? No sólo avanzar hacia la paz, sino dejar claro a Occidente y sus aliados – muy particularmente en el Golfo y Egipto – que los libios están hastiados de intervenciones a medias e injerencias interesadas. León ha sido sustituido por el diplomático alemán Martin Kobler, y Naciones Unidas se ha apresurado a declarar que su proceso de paz es necesario y seguirá adelante como única opción. Sin embargo, sin un patrocinio solido y holgado, el acuerdo hoy en día no es más que papel mojado.
¿Cuál debería ser entonces el rol de la comunidad internacional? A nadie escapa que tiene motivos para volcarse, entre los que destacan la amenaza jihadista, la estabilidad en el Mediterráneo y la crisis de refugiados. En vista de que los libios parecen dispuestos a convenir los términos del futuro del país, quizás en donde podamos representar valor añadido es, al igual que ha ocurrido en otras zones, a la hora de prestar apoyo y asistencia técnica a nivel local. 85% de las entidades locales siguen en funcionamiento, y uno de los ámbitos en los que se han hecho avances es la creación de un Consejo Superior de Municipios, con legitimidad y capacidad para tomar decisiones hasta que Libia no se dote de un Gobierno único y lo suficientemente sólido.

 

Grandes retos
Resulta inevitable hablar del futuro de Libia sin mencionar sus instituciones estatales cuasi inexistentes. Las pocas que quedaban en pie tras la caída de Qaddhafi las ha ido erosionando la guerra civil. Esto es particularmente grave en el ámbito de la seguridad, y no es baladí que el acuerdo esponsorizado por Naciones Unidas hiciera énfasis en este punto, priorizando el desarme de milicias y la creación de verdaderas fuerzas de seguridad nacional. Libia no tiene un Ejército Nacional real, sino dos coaliciones de fuerzas cuyas filas están cada vez más fragmentadas. Las ciudades están hoy plagadas de bandas criminales. Algunos de ellos afirman ser thuwar (revolucionarios), pero en realidad su único ‘logro’ no deja de ser crímenes callejeros comunes, como robo, secuestro e intimidación. Para muestra un botón: el control de las fronteras terrestres y marítimas de Libia no es tanto una cuestión de formación, sino más bien una cuestión de voluntad. La corrupción socava hoy cualquier esfuerzo honesto para establecer un control eficaz de las fronteras.
La economía representa el otro gran dilema para el mañana del país. La economía libia fue aplaudida durante años por unas  impresionantes tasas de crecimiento  impulsadas por su industria de petróleo y gas. Libia tiene recursos en cantidad y es uno de los paises mas ricos de la región, muy particularmente gracias a los pozos de petróleo que permitían que Qaddhafi montara su jaima en los jardines del Eliseo. Sin embargo, la guerra civil ha forzado que el país disminuya hasta casi paralizar las exportaciones de petróleo, a lo que tampoco ayudan los bajos precios de crudo o los gastos fuera de control que generan la corrupción y el clientelismo. Por si fuera poco, tras 2011 sus autoridades no tuvieron ni el tiempo ni la oportunidad de diversificar su economía, que hoy controlan entidades fnancieras duplicadas. Su moneda y reservas se encuentran en la actualidad al borde del colapso. Una pésima se encuentra al origen de una escasez de combustible y productos de primera necesidad. Una repentina devaluación del dinar empeoraría la situación securitaria, y alentaría un comportamiento más depredador por parte de aquellas milicias cuyos salarios el Estado no ha dejado de satisfacer, estimulando nuevos flujos de refugiados.

 

La amenaza de Daesh
La presencia de Daesh en Libia comienza a ocupar portadas y a merodear las peores pesadillas de los Jefes de Estado europeos. El primer indicio preocupante fue que los atentados que han sacudido Túnez estuvieran vinculados en mayor o menor medida al conflicto en el país vecino. Luego vinieron las ejecuciones públicas de trabajadores egipcios pertenecientes a la comunidad copta. Libia se perfila como centro de entrenamiento ideal para jihadistas amateur alrededor del Mediterráneo, de Lille a Casablanca. Una suerte de Erasmus para jóvenes en proceso de radicalización. Y cada vez más una surte de retiro para soldados de alto rango.
Los integrantes del mal llamado Estado Islámico fueron expulsados de Derna pero han comenzado a echar raíces en Sirte. Lac ciudad es un lugar clave desde el punto de vista estratégico: localidad portuaria a únicamente 650 kilometros de Sicilia, los libios la conservan en su memoria colectiva como la ciudad natal de Qaddhafi. Lo que antes era una parte de Ansar al-Sharia está presente desde hace meses e incluso años en Libia, pero hasta ahora no controlaba efectivamente ni territorio ni recursos y se limitaba a ofensivas sorpresa y ataques diseñados para tener un gran impacto mediático. Operativos de la Cruz Roja llegaban y operaban en Sirte. Este dominio dubitativo se debía principalmente a que el grupo se nutría de jihadistas que no habían recibido entrenamiento suficiente. Ahora cuenta con milicianos extranjeros y retornados con dilatada experiencia en combate.
Esto está empezando a cambiar, y los aproximadamente 3.000 integrantes de Daesh en Libia ahora controlan en exclusiva más de 250 kilómetros de costa mediterránea, desde Abugrein en el Oeste hasta Nawfaliya en el Este. Crecen los temores de que la ciudad de Ajdabiya, encrucijada estratégica al Este – sobre todo desde el punto de vista del control de recursos petrolíferos-, represente la próxima conquista del grupo. Daesh sigue además activo en las montañas de Derna, de fonde fue expulsado el pasado junio. Allí continúa su campaña de venganza contra sus enemigos, otros los que se cuentan los islamistas radicales del Consejo de la Shura de los Muyahidines de Derna.
Sirte, en donde también ha aumentado el nivel de intolerancia frente a actos contrarios a la sharia, toma poco a poco forma de lo que podría denominarse una colonia de Daesh, que la organización – como había indicado en su revista Dabiq ya en septiembre de 2013 – acondiciona desde Raqqa como plan B en el caso de que sus enemigos le sigan comiendo terreno en Siria e Iraq. De momento, la ciudad se perfila como centro de operaciones de la organización, tanto en lo que respecta a todos los ataques jihadistas que tengan lugar en el Norte de África como a otras tareas propagandísticas o de relacionamiento con sus afiliados.
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Financial Times
La(s) guerra(s) civil(es)
Fue la guerra de civil la que dejó tras de si el vacío de poder en Sirte del que se han aprovechado los jihadistas. Y aún hoy, la mayoría de milicias parecen más interesadas en luchar entre sí que en enfrentarse a la filial del grupo terrorista. Este es el caso del bando encabezado por el propio Haftar, coalición de milicias que abandera la lucha por rescatar a Libia de los extremistas islámicos. Sin embargo, es la coalición rival, conocida como ‘Amanecer de Libia’- que incluye algunos grupos extremistas islámicos, la única (en este caso la Brigada 166) – que hasta el momento ha intentado entrar en Sirte e ir mermando el poder de Daesh.
El principal campo de batalla libio lo representa hoy en día Bengazhi, en donde las tropas de Haftar no consiguen desde hace meses derrotar a una coalición de milicias islamistas radicales apoyados en ocasiones por miembros de Daesh, el Consejo de la Shura de revolucionarios de Benghazi. En efecto, los integrantes de Daesh no son ni los únicos islamistas, ni mucho menos los únicos elementos extremistas. Al igual que ocurrió en Iraq, son varios los altos mandos del Ejército de Qaddhafi los que en su momento lideraban Ansar al-Sharia y los que hoy nutren las filas de Daesh. Bien que las filas del General Hafter también cuentan con soldados salafistas.
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Financial Times

 

La clave, en el Sur
Y luego está el Sur, al que nadie parece prestar atención. En donde no sólo campan a sus anchas los islamistas y los traficantes de armas, sino donde además han resurgido centenarias reyertas tribales, muchas de ellas por el control de las rutas de contrabando. Los Amazigh, por ejemplo, han boicoteado cualquier negociación y/o proceso de paz desde el primer momento. La minoría Tubu, por otro lado, era sistemáticamente discriminada por las tropas de Qaddhafi, y hoy denuncian maltrato y racismo a manos de soldados en varios bandos. Ambos grupos se enfrentan en el marco de una cruenta guerra civil desde verano de 2014. Las demandas e insatisfacciones de estas influyentes tribus podrían, si no se ven reconocidas o al menos tenidas en cuenta, amenazar aún más la unidad política y territorial de Libia.
Las tribus siempre han tenido un papel clave en la sociedad y política libias. Una de las razones por las que Qaddhafi logró mantenerse en el poder durante más de 40 años fue su astuta manipulación de varios líderes tribales, apoyándose en los beduinos rurales en sus luchas de poder con las grandes ciudades. De hecho, Qaddhafi logró controlar el territorio de Fezzan enfrentando a las tribus entre sí.
Aunque los negociadores y analistas parecen hacer caso omiso de este punto, la supervivencia de Libia depende en igual medida del porvenir de Fezzan que de la voluntad de los libios de dialogar y cooperar entre sí. A menos que una verdadera política de la reconciliación y unidad nacional se ponga en marcha, las tribus del Sur seguirán viéndose obligadas bien a cooperar con el Gobierno de Trípoli o el de Tobruk, bien a recurrir al crimen de forma unilateral, en ambos casos ahondando en la división y el caos de Libia. Las autoridades reunidas hoy en Roma no deberían volver a olvidar este punto: un acuerdo entre la multitud de actores locales (tribus, partidos y municipios) sigue siendo el único camino para que progresivamente vuelva a reinar la estabilidad y para prevenir que Daesh siga extendiendo su influencia.
Nadie duda de que el tiempo apremia. No es menos cierto, sin embargo, que es necesario reflexionar todas las decisiones y evitar repetir errores pasados. La excusa ante tanta premura que dan diplomáticos occidentales es la necesidad de una intervención militar contra Daesh, solicitada por un Gobierno que puedan reconocer. Estados Unidos ya ha lanzado ataques, y Francia ha reconocido que sus aviones han puesto en marcha sobrevuelos para recopilar inteligencia. Quizás Libia represente el mejor ejemplo de las consecuencias que una intervención no fundada en una estrategia a largo plazo puede dejar tras de si.

Este artículo fue publicado en Passim el 13 de diciembre de 2015. 

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