Primavera con una esquina rota

Este artículo está dedicado a todos aquellos habitantes y expertos en la región, a todos esos amigos que día a día, año a año, me permiten seguir aprendiendo de ellos.
‘La infelicidad árabe tiene esta particularidad: la sufren los que en otro sitio parecerían salvados, y tiene que ver, más que con los datos, con las percepciones y los sentimientos’ (Samir Kassir)​.
El 25 de enero de 2011 ocupa un lugar especial en el imaginario de aquellos que en su momento caímos rendidos ante el Sur del Mediterráneo. De aquellos a los que los levantamientos y sus sacudidas aún siguen erizando el vello. Cada uno tenemos nuestra propia percepción de lo que allí y por aquel entonces ocurrió. Predomina, al menos en muchos de los círculos en los que nos movemos, el manido “de la ‘Primavera Árabe’ al ‘Invierno Islamista’”. Otros hablan de revolución y contrarrevolución. ​Para poblaciones y observadores, los alzamientos se convirtieron fulminantemente en revolución (‘thawra’) con todo lo que ello conllevaba en términos de enardecimiento, de romper con el pasado y, en última instancia, de gestionar expectativas.Exponente mayúsculo de la disyuntiva entre maximalismo político y pragmatismo llevado al extremo. ​Haizam Amirah Fernández lo descodifica a la perfección con un título – y el texto que lo acompaña -, ‘Cómo malinterpretar el ‘despertar árabe’.

Comparaciones estériles
No puede dejar de resultarnos paradójico cómo la opinión pública se escandaliza ante el caos y la violencia en que está sumido el vecindario, como si éstos no existieran antes de los levantamientos. Lo más fácil es hoy proclamar que Túnez – aún con sus claroscuros – representa el único éxito de la ‘Primavera Árabe’. Menos fácil es molestarse en distinguir y reconocer los avances que han tenido lugar en las conciencias – y sociedades civiles – de otros ciudadanos árabes. Negar que muchos análisis sobre la situación actual representan el triunfo del determinismo o culturalismo: nos faltan dedos en manos y pies para contar las veces que hemos oído hablar de la incompatibilidad entre ‘musulmanes y democracia’, ‘árabes y civilización’. Al parecer, el Presidente Nixon preguntó en una ocasión a Mao Zedong sobre la revolución francesa, a lo que él respondió que era ‘demasiado pronto para juzgar’. Nuestro primer esfuerzo debería ser abandonar las comparaciones estériles: esto no es ni 1789, ni 1979, ni 1989. Las de 2011 no fueron ni revoluciones de flores, ni sublevaciones de colores.

Poco sabemos a ciencia cierta. Mucho intuimos. A grandes rasgos, la ‘Primavera Árabe’ fue una revolución social motivada por años e incluso décadas de desigualdad, desempleo, escasez de recursos naturales, que acabó adoptando tintes políticos. Los ciudadanos clamaban pan, libertad y justicia social. Dignidad. La rabia contenida y la supervivencia les empujaban a las calles, bien desde el punto de vista material ante precios escalados o desempleo rampante, bien desde el punto de vista físico ante sangre derramada en Alejandría o Deraa. Inevitable crisparse ante aquellos que sugieren que los levantamientos de 2011 no perseguían objetivos loables o estaban fundados en el desconocimiento. Los jóvenes y no tan jóvenes que se echaron a las plazas conocían muy bien la situación, y se negaron a permanecer cruzados de brazos como hicieron sus padres. Oliver Roy sugería que el auge del jihadismo en Europa está íntimamente ligado con el enfrentamiento generacional. La ‘Primavera Árabe’ también representó un ‘basta ya’: contra el régimen en el poder, sí, pero también contra la impasibilidad de otros ciudadanos que habían permitido que la situación degenerara hasta tal punto.

¿Dónde está mi Estado?
Exigían también democracia. Una democracia que para muchos de ellos no acarreaba el valor procedimental que en Occidente abrazamos, sino una democracia que en realidad signifique el retorno del Estado. Ese Estado que tanto prometía cuando el panarabismo estaba en auge, que hoy se muestra en la mayoría de países incapaz de satisfacer las necesidades más básicas de su población. Peor aún, son unas pocas élites (paradójicamente llamadas ‘deep state‘) – militares o no, pero siempre con algún vínculo con Occidente – las que se benefician de lo poco o mucho que genera cada ineficiente economía. Varios cánceres atraviesan los regímenes árabes y carcomen la noción de Estado: autoritarismo, clientelismo, patrimonialismo, corrupción, mal uso de los recursos, impunidad, cortoplacismo…  Ni siquiera debería tratarse ya de una disyuntiva per se entre dictadura u otro sistema .
Cuando se pierde la fe en el progreso, o al menos en el valor redistributivo del mismo, se hace ineludible apuntarse al ‘sálvese quién pueda’. Una aproximación imperfecta a neoliberalismo y globalización alimentan el individualismo en sociedades en las que la igualdad de oportunidades es una quimera. Mientras la desigualdad genera brechas en la sociedad y aumenta la polarización de todo tipo, nadie piensa ahora en culpar al líder y su camarilla. En numerosos supuestos se han anunciado y publicitado reformas. Cosméticas a lo sumo. Ineficientes siempre. Inexistentes la mayor parte de las veces. El único Estado digno de ser denominado como tal, a pesar de representar un modelo antagonista a Occidente, es Irán. El único Estado del que nadie parece acordarse es precisamente el que no existe: siempre Palestina.

La inexistencia de un verdadero Estado engendra represión por doquier. La violencia física y política ha pasado a formar parte del día a día. Por una parte, las expectativas insatisfechas generan frustración y desafección, y en muchas ocasiones radicalización – jihadista o no – como única vía de escape. Por otra, los regímenes se aferran al discurso antiterrorista que justifica violaciones sistemáticas de derechos humanos y santifica una estabilidad que en muchas ocasiones ellos contribuyen a erosionar frente a una narrativa infecunda de reforma. Las únicas reformas que se anuncian a bombo y platillo nada o poco tienen que ver con el bienestar, sino con el simbolismo y la propaganda (el nuevo Canal de Suez es el ejemplo perfecto). En esto consiste el nuevo contrato social: o yo puño de hierro o muerte por decapitación a manos de unos barbudos extremistas. ¿Qué más da si tu hijo muere mañana de inanición? ¿Qué más da si en muchas ocasiones las autoridades son extremistas como ellas solas? ‘Après moi le déluge‘. Se tejen relaciones fundadas sobre el miedo y no la confianza. Sobre el odio hacia una amenaza etérea. ¿Es acaso apropiado llamar sociedad a una entidad compuesta por seres paralizados, tanto frente a sus gobernantes como frente a la maldición que invade la región? Se va desvaneciendo el espacio público – hoy virtual – y el propio concepto de interés general, precisamente aquello que se quiso conquistar en 2011.

El triunfo del tribalismo
No nos encontramos tanto ante el triunfo del sectarismo como ante el del comunitarismo, que algunos líderes llevan años amamantando. El Maghreb y el Mashreq son también testigos del fin de la política en sentido estricto, y la narrativa va más allá de las ideologías clásicas. No hay ningún -ismo que logre convencer a la población de la necesidad de avanzar juntos: atrás quedó el panarabismo, el islamismo, el militarismo… Se lleva la palma el discurso emocional y pierde la partida el más cínico. Si acaso se impone el tribalismo, pero no por convencimiento y alineamiento, sino porque es el único marco en el que individuo puede sentirse realmente seguro e identificado. Un tribalismo del siglo XXI dentro de unas fronteras arcaícas y sometido a unas dinámicas especificas, víctima perfecta de movimientos conservadores que apelan a los sentimientos más primitivos. La identidad cobra fuerza como último y en ocasiones único punto de referencia para los ciudadanos. Se trata sin embargo de una identidad al mismo tiempo profundamente tribal e intensamente revisionista.
Todo ello gracias a la descentralización del poder y a una comunicación sin barreras (o barreras fácilmente sorteables) a través de las mismas redes sociales que facilitaron la difusión de información sobre los levantamientos, e incluso su convocatoria, en 2011. Una identidad participativa, no impuesta – pero si alimentada – desde el exterior, y por eso reforzada frente al ‘otro’, el ‘diferente’, que la gran mayoría de las veces no es sino el enemigo. La agenda la define precisamente el enemigo. Sólo hay un enemigo, tangible o ficticio, dentro o fuera. Nadie está a salvo. La tarea fundamental consiste en simplificar el mensaje para evitar cuestionamientos. Para ganarse una muy erosionada legitimidad. La supervivencia impera. Lo que no queda claro es si ésta se refiere al ciudadano, al régimen que lo tiraniza o al grupo terrorista que sienta los cimientos de su califato.

Una identidad marcada también por desplazamientos voluntarios o forzosos, internos y externos.El refugiado y el inmigrante se erigen como nueva clase social dentro y fuera de la región. No siempre como la más marginada. Algunos árabes votan con los pies. La fuga de cerebros desesperados ante la guerra o el yugo se dirige hacia Occidente o hacia el Golfo, y se desplaza así el centro de gravedad de lo que en su momento representó el núcleo del mundo árabe y musulmán – Cairo, Damasco, Bagdad -. Hoy estas ciudades luchan por no perder el favor de sus patronos. El Golfo y sus alrededores marcan el ritmo, aún – con un barril de Brent en mínimos históricos – enfrentados a un futuro nada halagüeño.
The current #refugeecrisis is a twin consequence of the #ArabSpring uprisings.https://t.co/VhglHo2kly pic.twitter.com/8tSnd5RKqr
— Eutopia Magazine (@EutopiaMag) January 13, 2016
Mil y un actores, un sólo objetivo
El poder está más repartido que nunca. No son sin embargo los ciudadanos los que salen beneficiados de este racionamiento. Los vacíos de poder y una cierta descentralización del mismo dan lugar a la multiplicación de actores no estatales y a la aparición y densificación de redes informales: auge de los grupos terroristas, de las milicias, de las comunidades que exigen mayores dosis de autonomía, de las minorías… O a la injerencia de otros Estados, de unas superestructuras, que buscan extender su influencia. Estos movimientos llevan años dando forma a un país tan metafórico y emblemático como Líbano. Vacío de poder que alimenta una Guerra Fría que encandila a analistas y fanáticos de la realpolitik: mientras Arabia Saudí lucha por la supervivencia de su Estado, y de la propia noción de Estado-nación, Irán mantienen viva la llama de la revolución empoderando a milicias y grupos asimilados, tanto chiitas (Hezbollah) como no (Hamás). Y a pesar de lo que proclamen titulares grandilocuentes, no se desvanece tanto la idea del Estado nación como la de fronteras impuestas por las potencias coloniales.

Estados y otro tipo de entidades se inmiscuyen sin muchas veces diferenciar entre guerra civil y contienda regional. No queda perfectamente nítido si Siria es un campo de batalla crítico o un escenario de guerra por delegación. El territorio ha perdido valor simbólico y las fronteras se van difuminando. Se habla de crear nuevos países mientras resulta cada vez más difícil distinguir los que hoy constan en el mapa. Somos testigos impotentes de conflictos entretejidos sin sentido u objetivo realmente claro, más allá de beneficios de entidad dudosa a corto plazo. Son más de las que imaginamos las ocasiones en las que los principales actores actúan por impulso, por necesidad de no ser tachados de impotentes, blandos y/o débiles frente a la merienda de negros que les rodea y las poblaciones que exigen respuestas. Inevitable percibir la guerra fría de décadas entre Irán y Arabia Saudí como una competición de hombría. Es cada vez más densa la maraña de alianzas y enemistades, fobias e idolatrías, clientelismo y necesidad, lealtad secular o estratégica. Muchas veces en nombre de un sectarismo que no es sino un arma política de las potencias en lid, pero que está empezando a calar entre la población, muy en particular entre aquellos que han crecido con él y comienzan a ver el vecindario como un ‘todos contra todos’.

Se ha puesto en marcha una dinámica que no cesa de retroalimentarse, que se extiende y se estrecha, que un día inunda titulares y otro apela a una normalidad en la que no pasa un día sin que no se derrame sangre. A ojos de muchos, nadie es inocente en este puñado de guerras cruentas y conflictos de baja intensidad. Hemos dejado de distinguir entre dictador malo y organización jihadista malerrima, entre régimen autoritario y democracia insuficiente, entre soldado que lucha por la causa, rebelde al que un día arrebataron todo y ciudadano que pasaba por ahí. Sólo hace falta rememorar las distintas reacciones ante los muertos en Paris y los muertos en Beirut, muy convenientemente achacadas el ‘kilometro sentimental’ pero marcadas por un punzante ‘que se maten entre ellos pero que nos dejen en paz’.
¿Y ahora qué?
El debate no debería girar en torno al que haya o no inocentes en todo este hervidero. Ni deberíamos perder de vista que hay seres humanos que pusieron en peligro su vida para encontrarse sumidos en una situación aún peor. Una realidad en la que la tiranía sigue dominando. A algunos se les ha convencido de que no mereció la pena. Unos pocos se lo creyeron o quieren creérselo, todo por retomar una normalidad travestida. Otros entienden que – casi – nada ha cambiado, que siguen teniendo más de mil motivos ‘para no cortarse de un tajo las venas’ y luchar por aquello que les siguen arrebatando día a día. Aunque la mordaza tire más que nunca. Aprenden mientras tanto a organizarse y a poco a poco representar una verdadera alternativa frente a los regímenes. A construir una sociedad desde los cimientos. A sustentar una escena cultural que debería ser la envidia del resto del mundo. A resucitar el sueño del panarabismo, pero esta vez basado en justicia, igualdad y libertades compartidas. Y mientras centran su descontento en cuestiones tangibles como la recogida de basura o las condiciones laborales de los profesores.
La gran mayoría pertenecen a la generación ‘millenial’, conocida por no conformarse con excusas o dádivas insuficientes. ¿Cómo pudo llegar a pensar algún líder árabe que la explosión demográfica de la región no le iba a explotar en las narices? Dignidad, prosperidad, justicia, libertad. De la Plaza del Sol a Wall Street pasando por Tahrir y la Plaza de la Perla. Algo ha cambiado: ‘si se puede’ (derrocar un régimen), el Islamismo no es siempre la solución, y la mujer no puede ser denostada como antes. Hay un antes y un después. En los hechos y en las conciencias. Quizás debieramos escuchar más a menudo a aquellos que nunca han cesado de luchar, aún desde las prisiones.  

//platform.twitter.com/widgets.js¿Qué hay de Occidente mientras tanto? Corre como pollo sin cabeza, igual de desconcertado que los líderes árabes que visita y apoya o al menos observa con connivencia. De nuevo, no se trata de gritar a los cuatro vientos que Occidente es el culpable. Se trata de repasar aquellas promesas incumplidas que generan desilusión y desconfianza entre las poblaciones árabes. Por acción u omisión hemos contribuido a que se multipliquen e intensifiquen los conflictos. Nos aterra ver hasta qué punto se han multiplicado los bandos. Como ellos recurrimos a la simplificación.

Los extremistas son, al fin y al cabo, los alíados más efectivos de los régimenes. Podría decirse incluso que la ‘súbita’ aparición de Daesh y proclamación de un califato cuya esencia seguimos sin captar nos ha resultado útil a la hora de enfrentarnos a los dilemas del vecindario. Se argumenta que Daesh es hijo de la Primavera Árabe. ¿No es acaso retoño de un puñado de levantamientos fallidos, del retorno al despotismo? El objetivo es ahora destruir(les), sin cómo ni pero ni siquiera por qué. Lanzar bombas y/o drones y hablar de nuevo de efectivos sobre el terreno. Aunque se trate de una hidra que enmascara muchos otras disyuntivas y tendencias a futuro. Las lágrimas vendrán después. Paradójicamente, nos aferramos a la idea de Estado que muchos ciudadanos árabes echan en falta. Pero a nosotros nos basta un régimen capaz de garantizar la estabilidad y una reputación no demasiado empañada. La legitimidad parece secundaria y, por qué negarlo, en muchas ocasiones parecemos temer – el Orientalismo en su máxima expresión – que aquellos ciudadanos no estén aún preparados para lo que nosotros damos por sentado. Tanto que acabamos nutriendo lo que Samir Kassir denominaba ‘victimismo árabe’. La pescadilla vuelve a morderse la cola. Algunos, mientras tanto, preferimos seguir soñando en la Primavera que pronto nos volverá a visitar.

//platform.twitter.com/widgets.js‘En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente’ (Khalil Gibran)

Este artículo fue publicado en Passim el 25 de enero de 2016.

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