Egipto: de isla a tortura, y tiro porque me toca

A pesar de la violencia y las detenciones consecuencia de la draconiana Ley contra las protestas, Egipto fue testigo el pasado viernes de la mayor manifestación contra el régimen en los últimos dos años y medio. El descontento se hacía sentir desde hace semanas en las redes sociales, precisamente en donde fue convocado un nuevo ‘viernes de la ira’, manifestaciones organizadas por varios grupos e individuos entre los que destacan – en un gesto de unidad poco común estos últimos meses –  el Movimiento 6 de Abril y el antiguo candidato a la presidencia Hamdeem Sabahi bajo eslóganes como ‘Tierra es honor’ o  ‘Egipto no está a la venta’. No dejó de oírse el nombre del Presidente Abdel Fatah Al Sisi. Ni el del antiguo dictador Hosni Mubarak. Ni rastro, a pesar de las advertencias del régimen, de los Hermanos Musulmanes.

Las protestas no tuvieron lugar en Tahrir, sino frente al cercano Sindicato de Periodistas, en un gesto alegórico  hacia una institución que en no pocas oposiciones ha defendido los principios más liberales frente al régimen. Sin embargo, el sentimiento era el mismo, o al menos similar. Otras convocatorias congregaron a ciudadanos en la capital y demás ciudades. Se volvieron a escuchar consignas como ‘Arhal‘ (vete), ‘el pueblo quiere la caída del régimen’ y ‘pan y libertad’.
La ‘excusa’ fue la cesión a Arabia Saudí de la soberanía de dos islas estratégicas – Tiran y Sanafir – situadas en el estrecho de Aqabba, en el Mar Rojo, que Sisi – tras ser advertido de que el acuerdo violaría la Constitución del país y quizás consciente de las acusaciones de soborno – mantiene que siempre han pertenecido al Reino de los Saud. Al fin y al cabo, el territorio es sagrado para una población nacionalista que en su momento reaccionó con indignación ante los rumores de que Morsi pretendía ceder el Sinaí a Israel. Se acusaba a Sisi de ‘servilismo’ ante Arabia Saudí y otros benefactores del régimen, países del Golfo que no dudan en prestar dinero a espuertas para extender su influencia y luchar contra su mayores enemigos: la inestabilidad y el Islam político. Benefactores que han evolucionado de Estados Unidos (que recientemente aceptó reanudar sus 1.300 millones de dólares de ayuda militar) al Golfo, con las condiciones que esta ayuda lleva aparejadas. Con los paralelismos que podría conllevar.

Giulio y cientos más
Occidente ha vuelto a centrar su atención en Egipto como consecuencia de la desaparición y muerte tras cruentas torturas del académico italiano Giulio Regeni. Desapariciones forzosas que se han convertido en rutina para la sociedad egipcia, y muchas veces acaban en muerte o encarcelamientos que las autoridades niegan o minimizan. En julio de 2013 comenzó el periodo más represivo de la historia moderna de Egipto: en 2015, y de acuerdo con el Centro El-Nadeem para la Rehabilitación de las Víctimas de la Violencia, los casos documentados de desaparición forzada a manos del Estado alcanzaban la escalofriante cifra de 464. Más de 500 personas murieron bajo custodia, y 676 más fueron torturadas. Sólo hace falta teclear Matariyya en Google para una primera aproximación. Las alternativas para aquellos insatisfechos con la situación actual parecen pues el silencio, la cárcel, el exilio… o algo mucho peor.

El exilio es lo que ansían muchos egipcios, por motivos diversos. La demografía ‘aprieta’: 50% de la población tiene menos de 25 años. El 13% de desempleo se triplica en el caso de los jóvenes, víctimas de una educación insuficiente o innecesaria para trabajos de baja calidad. Emigración imperativa sin wasta (conexión) de por medio. A la brecha de clase y de ideología se añade la brecha generacional. A algunos periodistas y activistas, sin embargo, no les dejan salir del país. Es el caso de Hossam Bahgat o Gamal Eid.
La libertad de expresión se erige en núcleo de todas las contradicciones. Gran parte de la prensa nacional ha sido hasta ahora el mejor portavoz que el régimen podría desear – u ordenar -. Sin embargo ha sido esta misma la que estas semanas se ha atrevido a poner en duda la infalibilidad del Gobierno. Precisamente la situación de una parte de la prensa – censura, impopularidad, amenazas, acoso y arrestos arbitrarios – simboliza el menosprecio frente a los derechos humanos, muy particularmente a manos de las fuerzas de seguridad. El Estado policial está de vuelta, si es que alguna vez se fue. Nunca se fueron tampoco la brutalidad y los juicios militares – precisamente dos de las demandas de la Revolución de 2011. Por otra parte, tampoco es que la justicia civil cumpla en exceso los principios del Estado de Derecho.

Una represión que día tras día experimentan la sociedad civil (el centro Nadeem o el propio Movimiento 6 de abril, prohibido y listado como ‘organización terrorista’ y cuyos líderes esperan condena en prisión), los intelectuales, representantes de la cultura (el ‘obsceno’ autor Ahmad Naji), el arte (ni rastro de graffitis o galerías de arte) o las universidades. Los sectores más críticos y mejor preparados. Aquellos que han demostrado que pueden inspirar la acción colectiva. Hasta las redes sociales son vigiladas de cerca, como nunca lo fueron en 2011. Los medios embisten con regularidad contra los defensores de los derechos humanos, presentándolos como traidores y amenazas a la seguridad. Como amenazas a la desvencijada reputación del país. Las teorías de la conspiración que en demasiadas ocasiones apuntan a la presencia de elementos extranjeros se han convertido en la norma. No es coincidencia que algunos oficiales afirmen que la Revolución de 25 de enero fue una conspiración occidental e islamista.
Una nueva narrativa permite reprimir, de nuevo con impunidad, todo aquello que siquiera recuerde a Tahrir, como refleja el encarcelamiento del activista Ahmed Maher. Por no hablar del uso de la religión y la moralidad, al servicio hoy de los intereses del régimen. Todo ello evidencia una cierta paranoia, que también afectó en su momento a los Hermanos Musulmanes y al propio Mubarak. Consciente de su propia debilidad, el régimen ataca con contundencia, cual escorpión enervado, cualquier amenaza potencial. A veces sin que el propio Gobierno pueda incluso controlar los desmanes de sus fuerzas de seguridad. El asesinato de un ciudadano europeo representa el mejor ejemplo de esta desconexión entre Ejercito y Ministerio del Interior. Impunidad de las fuerzas de seguridad de la mano del fantasma del terrorismo y demonización de todo lo islamista. Con la creciente banalización de la violencia. La campaña en el Sinai parece avivar más que apaciguar la inestabilidad. El ‘Pedro y el lobo’ egipcio resucita. Mientras, el país no duda en participar de una manera u otra en los conflictos de la región: es el caso de Libia (con quien comparte una porosa frontera, y en donde se aprecian paralelismos entre Sisi y el General Khalifa Hifter) o Yemen.
La economía como talón de Aquiles
Al igual que el resto de la región, Egipto es víctima de un neoliberalismo (fallido o no) de suma cero. Así pueden atestarlo los cinco cambios de Gobierno desde 2013. Las reservas oficiales de divisas han caído a $ 10 mil millones, el deficit es de 11,5%, y la inflación de 10%. Cada vez es más difícil pagar las importaciones (muy particularmente petróleo y trigo). Las monarquías del Golfo han prometido ser menos generosas en el futuro, y llega el momento de devolver los prestamos, tanto al Golfo como al Club de Paris. La escasez de dólares ha obligado al banco central a devaluar la libra egipcia. El dólar rompe records en el mercado negro.
El Gobierno desveló su nueva estrategia económica en el Egypt Economic Development Conference en Sharm al-Sheik: el capital extranjero es bienvenido, en especial si proviene del Golfo y de África, respecto de la que han tenido que ceder para compartir las aguas del Nilo. ¿Será suficiente para reactivar una economía demasiado orientada hacia los servicios y en donde es alarmante la insuficiente capacidad de producción agrícola e industrial? Las subvenciones se han reducido pero siguen teniendo un peso exorbitante sobre los presupuestos públicos. El turismo se ha reducido a la minima expresión. En un primer momento beneficiado por los precios bajos de petróleo, tanto desde el punto de vista de los subsidios como de los apagones, éstos acabaran perjudicando en el largo plazo. Todo indica a que solicitar ayuda al FMI se hará inevitable, con las contramedidas y el dolor para la población que eso conllevaría.
Ni estabilidad ni prosperidad
Todo en un marco de autoritarismo creciente y pasividad o aquiescencia de un Parlamento – coincidentemente dominado por una formación denominada ‘por el amor de Egipto’ – constituido bajo la atenta mirada y de acuerdo con las normas impuestas por el Ejecutivo. Una Cámara de Representantes que no dudó en dedicar sus primeras semanas de mandato a autorizar a la carrera todas las leyes aprobadas por el Gobierno de Sisi. ¿Dónde quedó el debate? El paternalismo de los Generales en cierto modo erosiona el rol de la política en sentido estricto. Generales que tienen en propiedad gran parte de la riqueza del país, pero que en estos últimos meses, y con tal de guardar las apariencias, se han visto obligados a subvencionar el erario público.  Generales que ya no parecen contar con el apoyo incondicional de los hombres de negocios que rodeaban a Mubarak y sus vástagos. Cercado por enemigos, el régimen se aferra a su puño de hierro (y en aquellos Estados que les quieran apoyar a cambio de islas o contratos millonarios).

Plutocracia, clientelismo y corrupción (criticadas abiertamente por el auditor general recientemente destituido) merman el contrato social basado en promesas de estabilidad y prosperidad. El sistema depende en gran medida de la clase media (creada gracias a la intifah de Sadat) -, enfrentada a una provisión casi inexistente de servicios públicos, a una subida de precios de productos básicos, a reformas inexistentes o inacabadas, a una movilidad social regresiva. Las encuestas dan fe de una insatisfacción creciente, difícil de apaciguar con anuncios de proyectos faraónicos como una nueva capital o un segundo Canal de Suez, que favorecen más a intereses privados que al pueblo egipcio. Nadie puede ya dar por sentados sus privilegios. Sálvese quién pueda.

La contrarrevolución también da sus coletazos. Son organizadas con regularidad contra-manifestaciones pro-regimen. Egipto quizás no sea una democracia ‘de calidad’, pero si cuenta con el apoyo considerable de una parte de la población. Las frecuentes alusiones al ‘pueblo’ por parte de sus autoridades dan buena fe de ello. No lo hacen tanto la desconfianza mutua, la presencia de informantes, la polarización, el sectarismo. Apabulla un ‘patriotismo’, no queda claro si fingido o real. Carteles, banderas y tenderetes indican que Egipto es de momento no un país de faraones, sino el país de un Faraón, el único capaz de salvar al país.
Instituciones políticas y sociedad civil son víctimas de un debilitamiento forzado y voluntario, que afecta a la vida pública en general. La sociedad se desangra – literal y figuradamente -, y recurre en masa a las redes sociales para desahogarse. De ahí la necesidad de los manifestantes de ‘secuestrar’ espacios públicos. Aquellos que estuvieron en Tahrir – y los que no – se han mostrado sin embargo hastiados. Lo demuestra la baja participación en citas electorales. No es tan sólo el miedo lo que les mueve. Cairo – y la idea de una nueva Cairo con la que ‘empezar de cero’ – se erigen como símbolo. La mágica ciudad que en su momento me encandiló transmite por momentos y esquinas tristeza y desazón. Una combinación insoportable de murallas y uniformes, armas y alambradas. De miradas sucias en todos los sentidos.
Puede que la oposición siga sin tener claras sus exigencias, más allá de cambio. Y hoy por hoy, la alternativa del Islamismo ni siquiera representa una opción más como antes. Son signos de esperanza las recientes protestas de profesionales medicos clamando por el ‘Estado de Derecho’, conductores de autobuses y taxis, sindicatos, activistas e incluso funcionarios. Menor escala, pero considerable intensidad y constancia. Por encima de todo, valor. La población no ha sido silenciada. Ese es el problema con las democracias, por muy cosméticas que sean: en cuanto alardeas de ellas, tus ‘súbditos’ te obligan a rendir cuentas. Las cuentas, en Egipto, no salen. La próxima cita, el 25 de abril (Día de la liberación del Sinaí). Veremos si el ‘cisne negro’ vuelve a sobrevolar Egipto.

Este artículo fue publicado en Passim el 19 de abril de 2016.

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