Egipto: la (no tan) fina línea entre terrorismo y sectarismo

Este texto viene motivado por el titular escogido el 10 de abril por The New York Times – ‘Attacks Shows ISIS’ New Plan: Divide Egypt by Killing Christians
El pasado Domingo de Ramos un ataque terrorista proclamado por el mal llamado ‘Estado Islámico’ consiguió de nuevo nublar nuestra vista y percepción: un doble atentado, en las ciudades de Tanta y Alejandria, reclamaba la vida de 44 seres humanos. No era la primera ocasión en la que la comunidad copta era miserablemente agredida. Por ejemplo, una bomba en la iglesia de San Pedro, ubicada junto a la catedral de El Cairo, dejó tras de sí 28 muertos el pasado 11 de diciembre. El sitio web Eshhad, un exhaustivo trabajo de investigación del Tahrir Institute for Middle East Policy, ha documentado más de 500 incidentes contra la comunidad cristiana desde mediados de 2012, agresiones de diverso tipo – violencia contra personas y propiedades-. En los meses de enero y febrero han perdido la vida 13 miembros de la comunidad copta, una mayoría de éstos en la localidad El Arish, en una serie de asesinatos atribuidos a Daesh. Centenares de cristianos han huido de sus hogares en el Norte del Sinaí durante las últimas semanas, tras haber recibido amenazas y sido objeto de un video difundido por un afiliado local de Daesh antes conocido como Ansar Bayt al-Maqdis, que prometía intensificar los ataques contra los cristianos ‘infieles’ e ‘idolatras’.
Foto de Associated Press

Las autoridades egipcias se llenan la boca, ayer y hoy, de declaraciones grandilocuentes en las que recurren al mantra de la unidad nacional (‘wahda wataniya’), prometen librarse para siempre de los terroristas y adoptar medidas, algunas más cosméticas que otras, para restaurar la calma. La última en esta lista es un estado de emergencia que ya existía de facto en las calles del país árabe. Las fuerzas de seguridad llevan años luchando contra los yihadistas con resultados más amargos que dulces, muy particularmente en la península del Sinaí, donde unas condiciones socioeconómicas devastadoras alimentan el extremismo y el vacío de poder creado cuando a partir del 2011 los beduinos expulsaron a un numero considerable de fuerzas de seguridad del territorio. Aunque el terrorismo es un fenómeno multifactorial que reposa sobre más de una causa y en este caso resulta imposible negar el vínculo con el debilitamiento de Daesh en Irak, Siria y Libia, este y otros atentados beben en parte de la discriminación a la que los cristianos llevan años y décadas sometidos en Egipto.
Sucesivos gobiernos egipcios no se han mostrado abiertamente dispuestos a hacer frente de una vez por todas a un problema subyacente como es la discriminación religiosa, llegando incluso a ocultar el tamaño (según no pocos, menguante, aunque la mayoría de fuentes mantiene que representan un 10%) real de la población cristiana en la actualidad. Al fin y al cabo, son ataques como los del domingo los que socavan la narrativa del régimen que lo presenta como la única alternativa preparada para garantizar un Egipto pluralista unido en el que son respetados los derechos de las minorías, sin duda uno de los pilares de su legitimidad y popularidad. Un mito que han alimentado los propios líderes religiosos, que durante el golpe de Estado de julio de 2013 flanqueaban al hoy presidente Abdel Fattah al-Sisi. Sisi se ha comprometido en numerosas ocasiones a respetar la libertad religiosa, y fue de hecho el primer Presidente en honrar con su presencia una misas copta de Navidad. Sin embargo, es el propio Estado egipcio el que institucionaliza ciertas acciones discriminatorias, y en cierta medida legitima una discriminación diaria generalizada, tanto legal como social, de los ciudadanos cristianos que les convierte en ciudadanos de segunda clase.
Es cierto que los actos de coexistencia, solidaridad y amistad genuina son una realidad cotidiana en Egipto, y que musulmanes y cristianos emocionaron al mundo cuando protegían el rezo del otro durante la Revolución de 2011. No es menos cierto que los enfrentamientos sectarios se han multiplicado en frecuencia e intensidad tras el derrocamiento de Mubarak (no eran infrecuentes antes del mismo, y el 1 de enero de 2011 un atentado en Cairo mató a 25 fieles). Tan sólo en el bastión copto de Minya, un informe del EIPR (Egyptian Initiative for Personal Rights) documentaba 77 incidentes de este tipo de 2011 a 2015. No es baladí preguntarse si las autoridades hacen lo suficiente para proteger a los cristianos, antes y después de que estos sean atacados.
El propio Derecho egipcio ampara el sectarismo, y no me refiero tan sólo a leyes en torno a la figura de la blasfemia aplicadas a la ligera. Tras años de debate, el Parlamento egipcio aprobó en agosto de 2016 una ley de construcción de iglesias que impone normas enormemente restrictivas (mucho más que en el caso de mezquitas) a quien decida erigir o renovar un lugar de culto cristiano. Varios incidentes de violencia anticristiana son resultado de los estallidos de ira que en algunos musulmanes provoca la construcción – incluso ficticia – de una iglesia, o la utilización de propiedades privadas para actividades mínimamente relacionadas con la religión. Aunque las fuerzas de seguridad han arrestado a decenas de personas, la mayoría fueron liberados sin investigación o enjuiciamiento adecuado, creando así un clima de impunidad vis á vis cualquier crimen dirigido contra la comunidad cristiana. Los Consejos de Reconciliación creados por las autoridades, precisamente para aliviar tensiones intrasectarias en marcos informales, perpetúan las injusticias en lugar de resolverlas, ya que tienden a favorecer a la mayoría musulmana y en ocasiones incluso dictan sentencias contrarias a la ley egipcia. Privan a los cristianos de cualquier recurso a la justicia.
La discriminación religiosa adopta en Egipto formas menos conspicuas y más peligrosas. Los cristianos coptos de Egipto tienen una influencia limitada en la arena pública, lo que no hace sino agudizar su sentimiento de desprotección. Los miembros de la comunidad están claramente subrepresentados en algunas áreas clave: existe un acuerdo no escrito según el cual los puestos clave en las ramas ejecutiva, legislativa y judicial, junto con la academia, la policía y el ejército están fuera del alcance de los cristianos. Un informe reciente del Departamento de Estado estadounidense sobre la libertad religiosa en Egipto señalaba que el gobierno discrimina a las minorías religiosas en ámbitos como la contratación del sector público o los nombramientos de personal en las universidades públicas. El texto recordaba que de 596 miembros del parlamento, tan sólo 36 cristianos fueron elegidos – y 2 nombrados por el Gobierno.
Son frecuentes las peroratas de tertulianos radicales repletas de opiniones negativas sobre los coptos, que juzgan no sólo su legitimidad para construir iglesias sino también para gozar de libertades básicas. De hecho, gran parte de las acusaciones que la filial de Daesh dirigió en su vídeo contra la comunidad son recuperados día sí día también por ciudadanos de a pie: ‘hay cristianos que amasan fortunas aprovechándose del sudor de inocentes musulmanes’, ‘si Sisi está aún en el poder es gracias al apoyo de los cristianos’… Aunque es cierto que muchos cristianos vieron en Sisi a un salvador que podía librar al pueblo egipcio de la violencia post-25 enero (aunque la masacre de Maspero no ha dejado de ser sinónimo de impunidad) y de las manos de Morsi y los Hermanos Musulmanes, una gran parte reconoce hoy que todo fue un espejismo, y que la situación es en su conjunto incluso peor que con Mubarak, que por cierto fue recientemente liberado ante la pasividad y el hastío de sus conciudadanos. Y es que el ‘fin’ de la revolución llegó hace tiempo, nada tiene que ver si Mubarak y los suyos se han librado de la condena.

Lamentablemente, el sectarismo no es un fenómeno ajeno hoy por hoy ni a la población egipcia ni a otras sociedades árabes en su momento orgullosamente multiculturales. Afecta también a grupos minoritarios, como es el caso de los chiitas, los sufíes o los propios ateos. Este sectarismo, cuando es de carácter doméstico (en el ámbito regional se ha convertido en el arma política por excelencia que blandes las potencias de ‘la Guerra Fría de Oriente Próximo’), se inscribe en todo el vecindario dentro de un marco más amplio y aterrador de violencia institucionalizada y represión sempiterna que hacen cada vez más difícil creer a dirigentes y ciudadanos de a pie que ensalzan al líder autocrático de turno como garante de la paz y estabilidad, como ‘mal menor’, como ‘al menos no es islamista’ y como aliado privilegiado de un Occidente en el que los valores se han ahogado entre lagrimas de cocodrilo.

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