¿QUIÉN TEME LAS LISTAS TRANSNACIONALES?

A pesar del varapalo que el Brexit representó para el proyecto europeo en aquellas funestas semanas posteriores al 23 de junio de 2016, la salida del Reino Unido bien pudiera convertirse en una ventana de oportunidad para la Unión Europea (UE). En un panorama en que los Estados Unidos de Trump se han replegado en su Make America Great Again y los populistas han quedado -relativamente- derrotados en estados como Francia o Países Bajos, la UE se ha mostrado sólida y cohesionada frente al Brexit, impulsada por el eje Macron-Merkel y con potencial para actuar en ámbitos clave como el medioambiente, el comercio o la defensa.

El pasado 7 de febrero, se votó la propuesta del Parlamento Europeo (PE) que sugería redistribuir entre el resto de estados miembros los escaños de la delegación británica tras la salida de Reino Unido. Una de las propuestas destinaba 46 de estos 73 escaños antes mencionados a las llamadas listas transnacionales para las próximas elecciones. Sin embargo, el PE rechazó, con 368 votos en contra frente a 274 a favor, una medida que podía haber supuesto un soplo de aire fresco en el sistema electoral europeo (el sentido de las votaciones se puede consultar aquí)

A pesar de que hayan sido figuras como Emmanuel Macron o Jean Claude Juncker las que han recuperado la idea de las listas transnacionales, ésta fue planteada ya hace 20 años por el entonces vicepresidente del PE, Georgios Anastassopoulos, defendida por los federalistas europeos y retomada en 2010 por el liberal británico Andrew Duff. Estarían formadas por diputados de diferentes estados, creándose a tal efecto una circunscripción paneuropea. Los ciudadanos europeos tendrían así la posibilidad de votar, en paralelo, a candidatos que se presenten en distritos electorales nacionales (como sucede hasta ahora) y a uno de los nombres de una lista de candidatos única que los partidos políticos europeos diseñarían para todos los ciudadanos de la UE.

¿Por qué sí y por qué ahora?

Nuestra generación ha tenido la fortuna de ser testigo y beneficiaria de una Unión Europea en la que la idea de ciudadanía europea cobra cada vez mayor relevancia, en contraposición con los primeros pasos del proyecto, en los que unas élites decidían en despachos opacos e impenetrables. No es casualidad que el Tratado de Lisboa estableciera la democracia representativa como principio fundamental, introduciendo como novedad que el PE estaría, a partir de ese momento, compuesto por “representantes de los ciudadanos de la Unión” (artículo 14.2 del Tratado de la Unión Europea) y no por “representantes de los pueblos de los estados”. Las listas transnacionales supondrían un paso más en la definición de la Unión por la que apostamos como miembros CC/ Europa, en la que se vería reforzado el PE como institución democrática, ésa que Spinelli describiera como “la más imbuida del espíritu europeo (…) y más resuelta para el desarrollo supranacional” ante esa tendencia al intergubernamentalismo que la crisis financiera y económica apuntalara hace unos años. Un intergubernamentalismo que no hizo sino ahondar la desafección y sensación de desapego de muchos europeos, hoy por hoy presa fácil de los eurófobos y/o populistas cargados de propaganda y promesas vacías. No hay mejor manera de superar el déficit democrático que apostar por la ‘’Europa de los ciudadanos” de la que hablaba Ulrich Beck o por la “esfera pública europea” que describía Jürgen Habermas.

Así, el establecimiento de las listas transnacionales sería una manera idónea de implicar a los ciudadanos en la toma de decisiones de la UE y de europeizar un debate aún relegado al ámbito nacional, como pudimos comprobar en España con ocasión, por ejemplo, de la campaña para las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, en las que las valoraciones de la gestión de un determinado Gobierno (o incluso, las disertaciones sobre tuits publicados por los candidatos rivales) parecían pesar más que las cuestiones puramente europeas. Poco a poco se lograría una más alta participación e interés por los asuntos europeos, recuperando así el espíritu del ágora del que beben nuestras democracias. Las elecciones europeas representarían el punto de partida de un intercambio de ideas, experiencias y reflexiones que no pueden, ni deben, circunscribirse al período de campaña electoral. Una forma de seguir dando forma a esa identidad europea líquida y multidimensional, compatible con cualquier otra identidad que hayamos podido desarrollar dentro -e incluso fuera- de nuestro país de origen.

Las listas transnacionales encarnarían, pues, la doble legitimidad de la UE -de los pueblos europeos y del pueblo europeo-, reflejando la diversidad geográfica y política de la Unión, fomentarían la interrelación entre representantes políticos de distintos estados miembros y facilitarían tanto el acercamiento entre el votante y sus representantes como una mayor rendición de cuentas ante un electorado no sólo nacional, sino europeo. Se haría así imperiosa la necesidad de contar con verdaderos partidos europeos (en lugar de conjuntos de federaciones, como ocurre en la actualidad) que, desde una plataforma verdaderamente europea, defiendan un programa conjunto que luego sería comunicado por los candidatos en cada Estado miembro. Al mismo tiempo, se reforzaría la presencia de Europa en un debate público en el que urge una comunicación eficaz y positiva de sus acciones y logros, más allá de recurrir a ella como chivo expiatorio para justificar medidas potencialmente impopulares tomadas a nivel nacional.

Con estas listas se permitiría, por último, que los ciudadanos europeos pudiesen elegir al líder de su Ejecutivo. Es por ello que el apoyo del Parlamento, aprobado también en la última sesión plenaria, al proceso de Spitzenkandidaten (por el que los partidos europeos deben designar a un candidato a presidente de la Comisión Europea) no puede ser percibido sino como una pírrica victoria para muchos europeístas.

¿Qué hay de las críticas?

Las críticas vertidas sobre esta medida son muy variadas. Algunas tienen que ver con aspectos normativos y procedimentales: así, se necesita el visto bueno de los estados miembros y la modificación de la normativa electoral correspondiente (estableciendo una circunscripción europea) antes de mayo de 2018, un año antes de las próximas elecciones al PE.

Otros detractores de las listas transnacionales, como el diputado húngaro Gyoergy Schoepflin, entienden que con ellas la Unión se colocaría en una posición “más distante y centralizada”, frente a una supuesta “mayor democratización”, ya que disminuiría la rendición de cuentas frente a un electorado que muchas veces piensa principalmente en clave nacional. Han argumentado también, en un tour de forcereseñable, que la reforma es a la vez elitista y excesivamente complicada para el ciudadano. Apuntan también que se fortalecerían tanto los estados miembros más grandes en detrimento de los pequeños     -obviando las propuestas de reajuste previstas en este sentido- como los partidos con mayor representación -a pesar de que hoy por hoy cada partido, aunque tenga vocación paneuropea, está obligado a operar de acuerdo con las reglas de cada Estado.

Algunos, como el diputado sueco Günnar Hokmark, opinan que el establecimiento de las listas transnacionales favorecerá a los partidos populistas, que se podrían escudar en el escrutinio difuso de un electorado heterogéneo y volátil. En líneas generales, ha pesado el argumento geográfico sobre el ideológico, con lo que las delegaciones de los estados miembros pequeños han tendido a votar en contra.

Pero, ¿qué mejor forma hay de demostrar a los ciudadanos que su voz cuenta en Europa, que la UE está más cerca de lo que los eurófobos difunden? Daniel Innerarity ha sido muy claro en este sentido: “Europa tiene que ser politizada”, es decir, “ampliar el ámbito de lo que se debe decidir en común”.

Al igual que miles de españoles y millones de europeos, hemos sido testigos de primera mano de lo enriquecedores que son los debates paneuropeos, independientemente del foro o el tema. Por este motivo, no podemos sino lamentar la oportunidad perdida de abrazar la diversidad y el pluralismo, de huir de la alteridad y la xenofobia que se ciernen sobre una Europa en esencia abierta y cosmopolita que sus ciudadanos construyen día a día, y quizás pronto, voto a voto.

Este artículo, escrito a cuatro manos con mi compañero Julio Frutos de Con Copia a Europa, fue publicado por Agenda Publica el 21 de marzo de 2018.

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