Una Palestina imposible, 100 años después

The very idiom in which early negotiations were rooted – autonomy not sovereignty, limited self-rule – exacerbated conditions on the ground and dismantled the political mechanisms for a just resolution of the Palestinian question.’

Los años 2017 y 2018 han estado repletos de conmemoraciones en torno al conflicto palestino-israelí, todas ellas de enorme valor simbólico pero con diferente significado para los integrantes de uno y otro bando. Con motivo del 25 aniversario de la firma del primero de los Acuerdos de Oslo fue publicado un libro que toma el pistoletazo de salida del llamado “proceso de paz” (con poco de paz y cada vez menos de proceso) como punto de inflexión para el conflicto, pero nos obliga a echar la vista 15 años atrás para entender alguna de las insuficiencias del proceso y análisis. Preventing Palestine son 307 paginas (sin anexos) resultado de una exquisita combinación de material de archivo recientemente desclasificado, de entrevistas que trasladan al papel historia oral de Israel, Palestina y Líbano, del conocimiento acumulado de Seth Anziska sobre la postura de Estados Unidos frente al conflicto. El tomo además bebe de la apasionante evolución personal de este autor.

La historiografía convencional suele arrojar luz sobre el contraste entre el “fracaso de Oslo” y el “éxito de Camp David” (en referencia al acuerdo de 1978). Sin tener en cuenta que ambas ocasiones representaron un jarro de agua fría para las esperanzas del pueblo palestino. En una hipótesis ya explorada por, entre otros, Ignacio Álvarez-Ossorio en su libro El miedo a la paz, el tratado de paz entre Israel y Egipto de 1979 sin embargo sentó las bases para que Oslo fracasara, para que una solución viable de dos Estados con una entidad palestina soberana naciera muerta. El principal motivo era que Israel no se mostró en ningún momento dispuesto a ofrecer a los palestinos nada mas que autonomía funcional, basada en un control –no soberanía– que podrían ejercer sobre las personas y no sobre el territorio. Una autonomía que a lo largo de los años ha recibido distintos nombres (state-minus, “autonomía con esteroides”) y que hoy representa, como demuestra la realidad sobre el terreno, la “externalización” de la ocupación y punto de partida para una posible anexión de áreas en Cisjordania en aras de crear (o de recuperar) un “Gran Israel”.

Huir de la monocausalidad: la importancia de lo domestico para entender lo global

Anziska parte del concepto “genealogía de un no-evento”, y nos obliga a intentar comprender las especificidades del contexto en el que se labró la paz de 1978 y 1979. Nos urge a huir de explicaciones monocausales y arroja luz sobre la importancia que aspectos de la política domestica de las partes implicadas tuvieron en el resultado final. El primero de ellos, Egipto. Anwar al Sadat fue el “gran traidor”, varios ministros abandonaron su gobierno, y algunos apuntan a que pagó con su vida por ello. Su estrategia era por encima de todo pragmática, en contraposición a Nasser, y la guerra de 1973 tenía poco que ver para él con la causa palestina y mucho con remodelar el equilibrio de fuerzas en plena guerra fría. Así, Sadat recuperó el Sinaí, pero permitió que Menachem Begin “se embolsara” Cisjordania.

Anziska pinta el retrato de un Jimmy Carter idealista, valiente y empático con los palestinos (como quizás ha demostrado su evolución posterior, que le ha llevado a incluso utilizar la palabra tabú apartheid). La administración Carter quiso abandonar el ángulo exclusivamente humanitario aplicado a la situación, pero se vio obligada a ceder ante la urgencia del acuerdo, las exigencias de la guerra fría y la presión de la comunidad judía estadounidense. La llegada de Ronald Reagan y su “giro neoconservador” representaron un verdadero punto de inflexión: su administración apoyo sin ambages la intervención israelí en la guerra del Líbano en 1982. Esta invasión fue posible en gran parte gracias a la seguridad que otorgaba una solida paz con Egipto. Los acontecimientos cautivan gran parte de la atención del lector y el contenido del libro, muy particularmente las referencias a las innecesarias y dolorosas masacres de los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila. El objetivo declarado de Ariel Sharon, ministro de defensa israelí, era acabar par siempre con el nacionalismo palestino (algo que los diferentes mecanismos de la ocupación intentaban por todos los medios en Cisjordania y Gaza), o al menos remplazarlo por uno más dócil desprovisto quizá de uniforme militar y kuffiyeh a la cabeza.

La administración Reagan se dio mas tarde de bruces con la Primera Intifada. Su sucesor, una vez superada la guerra fría y en una época que rezumaba el principio de “paz liberal” por todos sus poros, obligó a que israelíes y palestinos compartieran mesa de negociaciones en Madrid en 1991. Anziska subraya que EEUU no ha dejado nunca de apoyar a Israel, con mayor o menor entusiasmo, pero añade que en ocasiones la beligerancia e intransigencia de Israel les puso entre la espada y la pared. Lo mismo ocurrió y ocurre hoy, en cierta medida, con los propios ciudadanos israelíes: la “aventura libanesa” –una guerra elegida y no impuesta– despertó, al igual que la ocupación de territorios palestinos o la “incursión” en Líbano de 2006, debates nunca antes imaginados, aunque restringidos a la elite intelectual, y en muy limitadas ocasiones traspasando la línea roja del antisionismo.

En Israel el punto de inflexión lo representó la victoria del Likud en 1977, que sembró la semilla de la postura maximalista del Gran Israel. Los predecesores de Benjamin Netanyahu no fueron en modo alguno los únicos responsables de la expansión de asentamientos y profundización de la colonización. Lo que introdujeron fue una nueva justificación: ellos se guiaban por el mesianismo, los laboristas por la seguridad. La causa palestina es presentada como una pieza más de la paz entre Israel y los países árabes, colaboradores necesarios de la desgracia palestina. El texto apunta con el dedo a varios responsables, entre ellos el propio Yasser Arafat, que se “conformó” con lo que le fue ofrecido en Oslo. Aquí es donde entraría en juego el “contexto doméstico” del liderazgo palestino: aunque es cierto que nunca hubo posibilidades de estatalidad, en un primer momento no era per se uno de los objetivos perseguidos por el movimiento nacional. “Liberación” era el concepto que englobaba el zeitgeistde la época. La transición hacia la combinación de partición del territorio y estatalidad, el aceptar abrazar la ambigüedad de la Resolución 242, fue progresiva y no estuvo exenta de debates.

Hoy y ayer: regreso al futuro

Anziska advierte de la tentación de “periodizar” y de aplicar una argumentación linear al conflicto y acontecimientos en la Palestina histórica. Advierte en cierto modo de la posibilidad de un “retorno de la historia”. ¡Con razón muchos de los que en su momento analizaron el conflicto tienen la sensación de ser testigos de continuos déjà vu! El plan de autonomía presentado por Begin en 1979 es el principal ejemplo de que la postura israelí no ha cambiado ni un ápice. Se echa la culpa a las irresolubles “cuestiones de estatus final” (refugiados, Jerusalén, seguridad…) del fracaso de Oslo, cuando en realidad Oslo nunca representó un compromiso real con la sempiterna “solución de dos Estados”. Israel “cedía” y aceptaba negociar sin por ello dejar de colonizar territorio en principio destinado a los palestinos. Se estima que no había más de 10.000 colonos en 1977; aproximadamente 100.000 en 1992. Hoy son más de 600.000. Los Acuerdos de Oslo no proporcionaban a los palestinos soberanía ni sobre el territorio, ni sobre sus recursos, ni sobre sus fronteras, ni sobre su seguridad. Con una excepción a este último punto: abrieron la puerta para una coordinación entre la Autoridad Palestina e Israel en materia de seguridad que se ha convertido en el símbolo de la nimia legitimidad de los líderes palestinos, aplicable en cada vez mayor medida a Hamas. La gran mayoría de líderes palestinos es acusada hoy de reprimir sin ambages a su población, de aferrarse al poder y de ahondar en la fragmentación del pueblo palestino.

Otros aspectos de ayer recuerdan sospechosamente a la situación actual (o viceversa): la humanitarización del conflicto, la demonización de palestinos que se enfrentan a la narrativa hegemónica, el recurso a que sean actores árabes quienes hablen por los palestinos, la importancia de la opinión de la comunidad judía en Estados Unidos… Pero lo que sobre todo obliga a echar de nuevo la vista al pasado es la actitud de numerosos líderes israelíes, heredera de la de Menachem Begin, que percibía a lo que denominaba “residentes árabes en Judea y Samaria” como entes individuales sin capacidad ni legitimidad para organizarse como pueblo. Es esta invisibilidad de los palestinos, habitantes nativos del territorio, la que se erige como constante en izquierda y derecha, e incluso más allá. Anziska lamenta que los análisis suelen centrarse solo en la época post-Madrid, pero el mismo peca de dar más importancia a acontecimientos posteriores a la Guerra de 1967 que a la propia creación del Estado de Israel, y las acciones anteriores a 1948 que precipitaron la Nakba. El libro omite cualquier mención expresa al colonialismo de asentamientos como marco epistemológico cada vez más autorizado para analizar el conflicto, que explica la conquista del territorio y desposesión de sus habitantes desde finales del siglo XIX. El objetivo ultimo y declarado del sionismo era conseguir el máximo de territorio con el mínimo de habitantes indígenas: ¿cómo se hace eso compatible con un Estado palestino?

El libro arroja luz sobre una insuficiente historiografía del conflicto que los estudios palestinos (que se echan de menos en el libro) están, entre otras disciplinas, llamados a completar. Todos creíamos saber lo que ocurrió hasta que los “nuevos historiadores” israelíes liderados por Ilan Pappé y Avi Shlaim osaron en los años ochenta cuestionar la narrativa oficial que los palestinos llevaban años denunciando. El libro abre, por último, también la puerta a reflexionar sobre distintas alternativas de resolución del conflicto: desde el desmantelamiento de asentamientos que permita la existencia en paz en dos Estados separados a la descolonización de todo el territorio que desemboque en un único Estado. Anziska cita en un pasaje al propio Begin: “¿Qué tiene de malo que una mayoría judía viva con una minoría árabe en paz, en dignidad humana, en igualdad de derechos?”. Son cada vez más los palestinos que han “recogido el guante” y empiezan a exigir sus derechos en la totalidad de la Palestina histórica.

Este artículo fue publicado por Política Exterior el 9 de noviembre de 2018.

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