Elecciones en Israel: un plebiscito al legado de Netanyahu

La arena política israelí es un ecosistema complicado de navegar. El sistema electoral del país obliga a que gobierne una coalición, encabezada por un hombre fuerte cuya personalidad suele reflejar la propia evolución del país. El hoy Primer Ministro, Benjamin Netanyahu, ha dado muestra de destreza política: desapareció en dos ocasiones de la escena pública para luego volver con más pujanza que nunca. Su mayor ambición es superar en mandato, si no en legado, a David Ben Gurion. Ha aprendido a manejar los tiempos políticos. Hace pocos días anunció la convocatoria de elecciones anticipadas. Una decisión repentina pero recibida con normalidad: ningún gobierno israelí ha terminado un mandato de cuatro años desde 1988.

Amenazado por la justicia

El Gobierno en coalición se asomó al abismo cuando el antiguo ministro de defensa, Avigdor Lieberman, decidió abandonar su puesto. ‘Bibi’ parecía haber sorteado esta crisis – y otras anteriores. La justicia aún no amenazaba su supervivencia. Penden sobre su cabeza cargos criminales por soborno, fraude y abuso de confianza. El fiscal general debería decidir en primavera – antes o después de la elecciones – si será procesado. Una victoria espectacular en las urnas enviaría una fuerte señal de que el Jefe de Gobierno cuenta, independientemente de las acusaciones, con el apoyo del pueblo. Aunque parezca poco probable, el tiro puede también salirle por la culata, bien si se acelera el proceso judicial, bien si es procesado y no todos sus aliados aceptan participar en la coalición gobernante.

Aunque las encuestas en Israel no gozan de una enorme fiabilidad, estas apuntan – y pocos lo dudan – a que Netanyahu se hará con un triunfo capital. A pesar del bochorno de que un mandatario sea acusado de corrupción (no sin precedentes: véase el caso de Ehud Olmert), muchos israelíes consideran que ninguno de los oponentes de Netanyahu está cualificado para convertirse en primer ministro. Él mismo se ocupó de inaugurar la campaña electoral recordando los ‘grandes logros’ de su gobierno saliente en materia de relaciones exteriores, economía y, evidentemente, seguridad.

Tomando el relevo de Lieberman, Netanyahu ha dado lustre estas semanas a sus credenciales de halcón. Como flamante ministro de defensa, desvió la atención de publico y medios tanto de la situación en Gaza como de sus problemas políticos y legales, con una campaña en el norte del país contra túneles excavados por Hezbollah. Las fuertes represalias adoptadas frente a una escalada de violencia en Cisjordania avivaron la sensación de inestabilidad. Hace un mes, Bibi afirmaba que no era el momento de elecciones en vista de las amenazas a la seguridad. La decisión de Donald Trump (que necesita a Bibi para vender su ‘acuerdo del siglo’) de retirar las fuerzas de Siria expuso la artimaña, algo que la cita electoral confirma.

Fue una ya familiar disputa en torno a la ley de alistamiento de los ultraortodoxos, al núcleo de las divisiones en el seno de la sociedad israelí, la que puso en bandeja de plata la excusa tanto para convocar elecciones como para señalar con el dedo a chivos expiatorios a su derecha e izquierda. Netanyahu no se contenta con demonizar a los palestinos, sino que ha basado gran parte de su estrategia en vilipendiar a cualquier contrario.

Cual escorpión rodeado, el objetivo no es sólo frenar la influencia de los medios críticos y otras fuerzas liberales, sino también cuestionar la labor de instituciones del Estado como los tribunales y la policía. Pan comido si tenemos en cuenta el desolador estado en el que se encuentran los denominados ‘izquierda’ y ‘liberales’, incapaces de articular una postura coherente en los ámbitos en los que más tienen que decir: el conflicto con los palestinos, de lado y otro de la Línea Verde, y la cada vez mayor desigualdad que se ceba en diferencias étnicas, pero también divide a los judíos israelíes.

A la estela de Ben Gurion

Al igual que ocurre con la fecha de las mismas, las elecciones girarán casi exclusivamente en torno a la figura de Netanyahu. O más bien en torno a su legado. Netanyahu no esconde que ansía completar el Israel que Ben Gurion empezó a construir sobre tres pilares: potencia militar, económica y diplomática. Por el momento ha conseguido dar forma a un gobierno de extrema-derecha que ha roto el tabú de formalizar el país como Estado nación judío en el que los palestinos son, por ley, ciudadanos de segunda clase. Queda por vez si Amos Oz tenía o no razón cuando afirmó que Netanyahu era el líder más antisionista que había tenido Israel

Este artículo fue publicado por El Periódico el 2 de enero de 2018.

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