¿Nacionalismo disfrazado o al descubierto?

Benjamin Netanyahu lo ha vuelto a hacer. Ha demostrado que es un estratega brillante, capaz de hacer que surjan de su chistera actores que creímos extintos. Todo con tal de salir victorioso del plebiscito que el mismo ingenió. Aunque corra el riesgo de poner en entredicho la imagen de país liberal de la que su país goza entre gran parte de la comunidad internacional.

Bibi se comprometió a reeditar coalición de gobierno y, si lo hace, contará con invitados de excepción: los herederos de una formación que abiertamente apoyaba, entre otras medidas para avanzar hacia una teocracia judía, la expulsión de palestinos. En el seno del anterior Gobierno ya se murmuraron propósitos similares sobre transferencia de población o denegación de ciudadanía.

Lo cierto es que el sistema institucional y legal israelí está basado en la discriminación de facto y de iure entre judíos – nacionales – y no judíos –ciudadanos o meros residentes–. Hace unos días, la familia Abu Assab fue expulsada de su hogar en la Ciudad Vieja de Jerusalén para que este fuera devuelto a la familia judía que lo había perdido en 1948. La ironía es que los Abu Assab fueron también desahuciados en 1948 de su anterior residencia en la ciudad santa, a la que la Ley les prohíbe regresar.

La familia fue expulsada durante la Nakba, esa misma que la ley israelí también les prohíbe conmemorar. Al menos ellos tuvieron la suerte de convertirse en desplazados internos, mientras que más de 5 millones de refugiados palestinos deambulan por el planeta sin haber siquiera visitado su patria. Son conscientes de que un Estado judío exige una mayoría demográfica judía, de que el Israel que conocemos nunca les permitirá ejercer su derecho de retorno reconocido por el derecho internacional.

Compatibilidades

La evolución de la que la sociedad israelí ha sido testigo estos últimos meses afecta más a la forma que al fondo. Se han destapado tabús antes sacrosantos. La formación Likud ya no esconde que la anexión de territorios en Cisjordania es una realidad futurible. Sus socios en la extrema derecha llevan años abogando por que Israel extienda por la vía formal su soberanía en Judea y Samaria. La ley del Estado nación judío aprobada el pasado verano representó, al igual que el propio Netanyahu, más un síntoma que el diagnostico, y enfronta a los socios de Israel a una pregunta que llevan décadas rehuyendo: ¿cuán compatible es el ideal democrático con un Estado judío?

Del centro del espectro político ha surgido la mayor pesadilla de Netanyahu, y la esperanza a la que los israelís liberales se aferrarán. No así los palestinos. Bobby Gantz dio los primeros pasos de su campaña electoral erigiéndose como líder de la mano dura contra Gaza. Yair Lapid habla de construir un gran muro y perder de vista a los palestinos. Nada indicaba que la campaña traería novedades en el frente palestino-israelí. En aquella tierra maldita, sin embargo, la ausencia de novedades suele ir de la mano de la perpetuación de un estatus quo ignominioso para un pueblo que lleva más de 70 años sin recibir buenas noticias.

Este artículo fue publicado en El Periódico el 22 de febrero de 2019.

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