Del Golán a Gaza y tiro porque me toca

Donald Trump lo ha hecho de nuevo. Con un tuit y una firma ha dado una nueva estocada al derecho internacional. El reconocimiento de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán ha ocupado titulares y editoriales, pero podrían contarse con los dedos de la mano las referencias al vínculo entre el Golán y la ‘cuestión palestina’, más allá de la mención de rigor a la condición de ‘territorios ocupados’. Los hechos hablan por sí solos: 130.000 sirios fueron expulsados en 1967 de un territorio en el que se ha multiplicado el número de asentamientos -y colonos- israelís construidos sobre ruinas de antiguos pueblos sirios. Se permitió entonces que permanecieran los drusos (hoy 26.000), la mayoría de los cuales se niega a convertirse en ciudadanos israelís. La expropiación es una practica habitual, al igual que la explotación de recursos: no así la retirada de minas. Una operación de ingeniería demográfica y política de hechos consumados, no ajena a los familiarizados con el contexto de la realidad en la Palestina histórica.

Los Altos del Golán fueron anexionados en 1981, un año después que Jerusalén Este. Se trataba de un movimiento contrario a la normativa internacional, condenado en coro por países y organizaciones. Sentó sin embargo las bases de una creciente legitimación de ese tipo de acciones en el seno de la sociedad israelí. Así, una reciente encuesta en el diario ‘Haaretz’ afirmaba que casi la mitad de los participantes estarían a favor de una anexión de parte o todo del territorio de Cisjordania. Para algunos, la anexión no iría de la mano de la concesión de derechos políticos. Este discurso no es una excepción: Benjamin Netanyahu dejó claro hace pocos días que Israel no es un Estado de todos sus ciudadanos, sino del pueblo judío. Hacia referencia a los ciudadanos palestinos de Israel, pero la idea subyacente es la misma. Mientras Trump hacia el anuncio, caían bombas sobre Gaza, como réplica a proyectiles lanzados sobre territorio israelí. La todavía potencia ocupante no reconoce su soberanía sobre la Franja, pero tampoco levanta el bloqueo impuesto hace más de 12 años.

Algunos han hablado del retorno del conflicto árabe-israelí. Nada más lejos de la realidad en vista de la indiferencia del mundo árabe hacia el futuro de los drusos y de los palestinos, y el interés creciente -no por ello reciente- de la normalización de relaciones con Israel. Algunos, como Egipto, han superado esta etapa y, mientras median treguas entre Tel Aviv y Hamas, firman acuerdos de exportación de gas con el Estado hebreo. El ‘Acuerdo del Siglo’, el cacareado plan de paz de Trump y los suyos, está al caer. Todos temen su contenido, pero nadie articula estrategias proactivas. El silencio sobre las líneas rojas que el texto no puede superar es ensordecedor. Al fin y al cabo, incluso lo intocable ha sido puesto -con aquiescencia europea- encima de una mesa de negociaciones irremediablemente coja. Y lo que antes eran líneas rojas bien pueden convertirse, en un futuro no tan lejano, en territorios ocupados que Israel decida anexionar sin consecuencia alguna, más allá de condenas vacías.

Este artículo fue publicado en El Periódico el 27 de marzo de 2019.

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