Manido sectarismo

Varios análisis referidos al mundo árabe adolecen de varias afecciones, la gran mayoría de las cuales deriva de una visión orientalista y otrificadora que ha adoptado multitud de dimensiones. Una de ellas es una manifiesta fetichización de las divisiones identitarias en tribus, etnias, sectas y grupos religiosos. Como también ocurre con el conflicto palestino-israelí, simplificado hasta el extremo como uno entre judíos y árabes, los comentarios sobre países como Líbano o Irak muy pocas veces omiten referencias a un concepto que estos últimos años se ha vuelto aún más manido: el sectarismo.

Se recurre a explicaciones sectarias al analizar la llamada ‘nueva guerra fría de Oriente Próximo’: ¿qué mejor argumento para explicar la competición entre dos potencias regionales, como son Irán y Arabia Saudí, que una brecha centenaria en el corazón del islam? ¿Qué razón más poderosa para explicar el caos en una región que las pulsiones identitarias no solo de sus líderes, sino también de los habitantes? Nuestra misión civilizadora no tuvo al parecer éxito al Sur y al Este del Mediterráneo, y hoy se contenta con la esencialización.

Diferencias ideológicas

Se apela asimismo a lecturas sectarias para hacer referencia a un sistema en el que las élites se han servido de modelos impuestos de división de poder que nada tienen que ver con feudalismos pasados y legitiman el acceso fragmentado a recursos estatales para construir miniimperios basados en personalismo, clientelismo y corrupción. Las identidades parecerían instrumentos a disposición de las élites y no construcciones híbridas y complejas. Clientelismo y corrupción, de la mano de distintos grados de autoritarismo, también predominan en otros estados de la región. En estos últimos, los análisis se contentan con hablar de homogeneidad social. Muy pocos se centran en perennes divisiones de clase, en diferencias ideológicas en lo que a mayor o menor proximidad al régimen se refiere, o en discriminaciones raciales que escapan al concepto de secta pero estructuran gran parte de las relaciones sociales.

En lo que algunos perciben como una nueva sacudida de la ‘Primavera Árabe’ (otro término fetichizado), hemos sido estos últimos meses testigos de protestas. Como consecuencia, dolorosos enfrentamientos violentos en términos de represión y contrarrevolución. Décadas de despotismo y prebendas se resisten a sacudirse. En Líbano e Irak. En Egipto, Argelia, Marruecos y Sudán. En Cisjordania, tímidamente Gaza, y Jordania. Las ciudadanías claman contra un sistema, con particularidades en cada país, que no les garantiza una serie de derechos y bienes básicos para su bienestar y, en demasiadas ocasiones, supervivencia. Denuncian un Estado ausente salvo en lo que a la opresión respecta. No enarbolan banderas relacionadas con su identidad y, si lo hacen, abrazan un concepto cívico de nación que espantaría a cualquier orientalista.

Hay honrosas excepciones al recurso exagerado e insuficiente del marco del sectarismo. Se refieren a los perniciosos efectos del colonialismo. Nos recuerdan la agencia -y potente voz – de los ciudadanos árabes. Se especializan en economía política y denuncian procesos de acumulación de capital y poder de las élites como consecuencia de décadas de políticas neoliberales y globalización asimétrica. En el 2011 se clamó contra la desigualdad abrumadora y la inexistencia de oportunidades. Occidente hizo caso omiso y aplicó las mismas recetas. Muchos de sus analistas, mientras, seguían más inquietos por la excepcionalidad de los rasgos de identidad que por la violencia estructural y socioeconómica.

Este artículo fue publicado en El Periódico el 5 de noviembre de 2019.

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