El hartazgo de una nueva generación

Los más jóvenes han jugado un rol clave en las protestas que en 2019 han sacudido Oriente Próximo y el Norte de África. El componente generacional, aunque acompañados, apoyados y defendidos por generaciones anteriores, cobra particular relevancia si atendemos a los datos demográficos. Sin ánimo de generalizar, perfilamos tres dimensiones cruciales para entender esta dinámica, que también es posible identificar en otros contextos del Sur Global.

Resulta esencial recordar que las microrrevueltas, en capitales y periferias, han representado la norma estos últimos años. En este contexto, la generación más joven ha tejido conexiones entre sus integrantes. Están mejor informados no solo sobre su realidad, sino sobre la situación que atraviesa el planeta. Optan por estrategias más sofisticadas y maduras, y se muestran perseverantes, frente a acusaciones de ‘naïveté’. Se enfrentan a regímenes represivos que navegan su propia curva de aprendizaje y no dudan en recurrir a la violencia cuando de evitar el contagio se trata.

En lo que a la dimensión económica respecta, una flagrante desigualdad y una grave limitación de oportunidades materiales ha abierto la puerta a que la nueva generación cuestione la estructura económica local y global. Denuncian así los efectos de una globalización voraz, en particular la creación de oligarquías transnacionales y una redistribución casi nula. Esta generación no es anticapitalista ‘per se’, sino que denuncia las sucesivas reformas neoliberales que han multiplicado corrupción y clientelismo y benefician a los sospechosos habituales.

La dimensión política de estas revueltas es clave: el problema no es tanto el modelo político como el secuestro del mismo por las élites, políticas y económicas, tanto en democracias procedurales como en regímenes no democráticos. Anteriores revueltas en la vecindad no derivaron en verdadero cambio, o al menos rendición de cuentas. Muchos han crecido a medida que se erosionaba el rol clásico del Estado como proveedor de servicios, y reclaman su lugar en el mismo, una dignidad que les fue arrebatada a sus padres y abuelos. Piden una reformulación de las reglas, no simplemente la renovación de gobernantes. El resentimiento crece a medida que se apilan las medidas cosméticas: Argelia o Líbano dan buena muestra de ello. Un pilar del sistema contra el que luchan es el neopatriarcado, en el que representantes de las generaciones anteriores se aferran al poder desde hace décadas e impiden la participación, o mínima expresión, de sus menores.

Nuevo concepto de sociedad civil

Por último, tenemos la dimensión social. Los más jóvenes rechazan, desde el punto de vista político pero también en su día a día, la estructura de élites que sigue un sistema de división de poder entre sectas. En Líbano e Irak, fueron potencias externas las que impusieron el sectarismo a través de un prisma orientalista que también abrazan muchos de los que analizan la realidad en la región. El rechazo es pacífico y cívico, contra la violencia estructural del sistema y directa de las autoridades o entidades que se atrincheran en el ‘statu quo’. Lo que algunos perciben como desorganización arroja luz sobre un nuevo concepto de sociedad civil, caracterizado por la transversalidad, la no necesidad de jerarquías rígidas, o el énfasis en la ocupación del espacio público y nuevas expresiones de insatisfacción. Más allá de la lucha de clases tradicional, muchos jóvenes son conscientes de la importancia de lo interseccional: a la protesta por los principios democráticos y la justicia social se unen al antirracismo, el feminismo y la lucha contra la emergencia climática.

Gran parte de esta generación se muestra además escéptica hacia el rol que Occidente ha jugado. Con la excusa de la estabilidad y otras consideraciones geopolíticas, muchos países dieron su bendición -por acción u omisión- a sistemas que fueron diseñados para mantener a los ciudadanos satisfechos -y en silencio- gracias a un ‘contrato social’ nunca negociado hoy hecho añicos. El año 2011 abrió los ojos temporalmente a las cancillerías occidentales, que alegando cautela acabaron por abrazar un paradigma de una estabilización no obstante ficticia. A nadie interesa un colapso, pero todo apunta a que seguirá habiendo revueltas protagonizadas por jóvenes hasta que estos puedan tener voz en la articulación de un nuevo proyecto, inclusivo, justo y sostenible. Ni sus respectivos gobernantes, ni el resto del mundo, deberían permitirse el lujo de seguir desoyéndoles.

Este artículo fue publicado en El Periódico el 4 de enero de 2020.

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